RUTA 66

ARTICULOS DE LA REVISTA "RUTA 66" ROCK

Tuesday, July 25, 2006

COCAINA: BLANCO NUCLEAR

LA FARLOPA SE CONSUME DE TODAS LAS MAN ERAS POSIBLES Y EN CUALQUIER AMBITO SOCIAL. NUNCA PASA DE MODA Y SU USO RECREATIVO SE EXPANDE SIN TREGUA. MAS O MENOS PERJUDICIAL QUE EL ALCOHOL, AMANTE DILIGENTE O PERRA DESTRUCTIVA, UNA COSA ESTA CLARA DE LA COCAINA: ES LA SUSTANCIA ILEGAL MAS CODICIADA DEL PLANETA.
Texto: Jaime Gonzalo.
Todos los farlópodos coinciden en una cosa, lo peor de la perica es que se acaba, con el fastidioso agravante, por ende, de hacerlo demasiado pronto. ¡A cuántos episodios patéticos de busca y captura habrá precipitado la consternadora visión de una papelina súbitamente vacía!, ¡qué desesperada vileza no habremos estado dispuestos a cometer con tal de procurarnos más polvos, aunque su aspecto y sabor sean sospechosamente idénticos a los del yeso molido! Por muy servido que vayas, toda oposición es inútil. Tampoco vale dárselas de estrecho y repetirse aquello tan iluso de “esta noche ni un tirito, una copa y a casa”. Ante la sola mención de la palabra fatal, !coca!, los ladridos de los Chuchos de Pavlov empiezan a propagarse por nuestros neurotransmisores con acaparadoras resonancias. El mensaje es prístino: el mundo es una roca y hay que esnifársela. Como el marino atraído por el canto de las hijas de Aquelao y Calíope, no tardas ni esto en acudir al dulce reclamo de la perdición. Después, ya se sabe lo que ocurre. Una vez se calienta el narigo no hay quien lo detenga. Nunca tiene suficiente. No sabe decir basta. El único limite lo pone el cansancio físico, el hastío psíquico o la finiquitación de las existencias, que suele ser el motivo más común por el que uno deja de meterse hasta nueva orden.
Nada que objetar a esa condición de plantígrado hormiguero a la que todos, en un momento u otro, nos vemos arrastrados más a menudo de lo que nos gustaría aceptar. Cada uno es muy libre de excederse y dar cuartel a sus demonios interiores como mejor le plazca. Pero, efectivamente, Blancanieves es una golfa muy golosa, tanto que a la que te descuidas te licantropiza en un aspirador compulsivo, un ser poseído que en verdad puede reclamar la patente sobre el pensamiento único: meterse otro tiro lo antes posible. No descubro nada a quienes, con recato o sin él, llevan tiempo administrándose esta droga de manera más o menos regular. Requiere una gran voluntad darse por saciado, ¡de qué si no se la consideraría un vicio! La coca engancha, cierto, pero no más que la hipoteca inmobiliaria, el fútbol, el tintorro, las grasas saturadas, los fármacos autorizados, las tragaperras o la sociedad de consumo. ¿Qué mata? Todo en exceso lo hace, incluso los alimentos con conservantes cancerígenos y la contaminación ambiental. La vida en general mata, y no por ello la prohíben. Son sólo oscuros intereses del capitalismo –imaginemos el poder económico y de decisión política que obtendrían ciertos países latinoamericanos de legalizarse la cocaína, o la de productos farmacéuticos que caerían en desuso- lo que discrimina a esta sustancia con respecto a otras afines, susceptibles de ser consumidas en la legalidad previa liquidación de gravámenes fiscales al Estado.
Con la coca, igual que ocurre con todas las drogas, el verdadero problema -aparte de entenderla como necesidad y no como complemento- es la desinformación O información tendenciosa que tanto conviene a la doble moral de la sociedad materialista, desarraigada de la naturaleza y sus fuerzas, programada en la credulidad para obedecer sin cuestionar. Existiendo lo que llaman “libertades civiles”, sería de recibo explicar no ya los riesgos que implica el consumo de una droga, que por otro lado lleva conviviendo con la humanidad desde antiguo, sino la manera de consumirla correctamente y, de ese modo, relativizar sus peligros. En vísperas del pasado verano, el Sistema -al que, recordemos, no le inquieta nuestra salud sino nuestra productividad y los gastos que podamos acarrear a la Sanidad Pública- daba aviso sobre lo que es una realidad desde hace ya lustros, Politoxicómana por naturaleza, la juventud española cada vez se decanta más hacia la nieve. Menudo descubrimiento. Lleva, la farla, casi dos décadas ostentando el título de droga más solicitada del país. Antaño privilegio de iniciados, pudientes y hampones, a partir de los 80 pasó a ser frecuentada por las masas en su más amplia extensión: desde el lumpen hasta la alta burguesía y el abisal espectro de la clase media y aledaños. Lo cual nos aboca a una realidad miserable, el auténtico drama. Siendo la demanda descomunal, la oferta lo aprovecha.
Encontrar hoy día cocaína con un 50% de pureza es un milagro mariano. Lo habitual, si uno no dispone de contactos y pasta gansa, es dar con porquerías, quién sabe hasta qué grado dañinas, donde a lo sumo se diluye un 5% de alcaloide. La amenaza de la coca en realidad no existe, desde el momento en que la propia sustancia dejó de ser tal en un pasado muy, muy lejano. El adulterado placebo que actualmente circula por el mercado negro, la denominada coca comercial, es un compendio de anfetaminosas sustancias no identificadas disfrazado con laxantes y procaína, lidocaína, benzocaína u otros anestésicos sintéticos. Por lo tanto, insistamos, lo que debe preocupar es precisamente la despreocupación y des-educación con que la ciudadanía se raya. Ante la promesa de una gratificación instantánea, pocos se plantean la turbia procedencia de aquello que con tanto ahínco inhalan, fuman o se inyectan. En consecuencia, la calidad desciende, el organismo se resiente y los precios se disparan astronómicos.
Naturalmente sigue habiendo farla de ley, pero llegar a ella es cada vez más prolijo y costoso. Claro que el esfuerzo lo vale si se tiene el morro fino o se aprecia en algo las neuronas. Abres la papela y una penetrante fragancia emana capciosa desde el cristalino montículo de ala de mosca. Escamas puras, o en su defecto rocas macizas de grasienta consistencia diciendo “pruébame y verás”. Una sola raya te pone a tono, (sólo objetivamente) no son necesarias más. Sin taquicardias ni sofocones, de una manera limpia, natural. De exponerse a lo desconocido, puede el usuario darse por afortunado si sólo le produce jaqueca, sopor o indiferencia. Pese a la desvirtuación de su composición, o por ello mismo, la aceptación social de la Dama Blanca es cada vez mayor. Para muchos es un sinónimo de estatus que todavía marca diferencias, un estimulante de viernes-y- sábado cuyos eufóricos efectos proporcionan el poder de lo ilusorio. La inmediatez de esos efectos, el clandestino ritual de rayarse, la ficticia sensación de bienestar y de encontrarse por encima de todo (aunque en realidad se esté por debajo de nada), son aspectos más que suficientes para explicar su vigencia en un sistema que alimenta y propugna los estímulos pasajeros, la insatisfacción personal y el vacío mental. Todo esto y muchas más cosas es la perica, dependiendo siempre de cada individuo.
La mayoría de consumidores que conozco son usuarios de fin de semana, aunque también los hay que se meten una raya cada día antes de ir a trabajar o varias mientras trabajan. A unos les gusta compartir porque necesitan exteriorizar la ebriedad y hacerse colega del mundo entero, otros prefieren quemarla a solas porque se les cruzan los cables y pueden acabar partiéndose la cara con el mundo entero. Los hay que siempre convidan y los hay que siempre gorrean. Están los que dicen que pasan y se ponen hasta el culo cuando es otro el que afora y los que se autoengañan porque no saben reconocer que se les está yendo de las manos. Los que se la meten porque se sienten infelices y los que se la meten porque les gusta. Los que al día siguiente despiertan con un repugnante sentimiento de culpa, jurando no reincidir nunca más para quebrantar la promesa al cabo de nada, y los que al día siguiente vuelven a ponerse tan ricamente nada más saltar de la piltra, o sencillamente ni siquiera llegan a meterse en el sobre porque no hay dios que cierre los ojos y han empalmado. Quien se pone paranoico y quien se pone pelmazo. Quien compra “amigos” con ella y quien se rebaja a sicofante por ella. Los que ni se les nota y los que derrapan por la mandíbula. El que acaba pillándose fumando pasta base y el que sabe que a la postre menos es más.
Hay pues tantas razones para desearla como para repudiarla. De todos los detractores que tiene la cocaína, sin embargo, el que menos razón lleva es aquel que la desprecia por considerarla una droga frívola, intelectualmente estéril y poco “glamurosa”, en concreto en comparación al caballo. No pongo en duda que la coca le contagie a uno de una charlatana estulticia disfrazada de autocontrol liberado, puede que incluso le embrutezca y siembre su cerebro de fuegos artificiales que anulan cualquier voluntad de crear más allá de lo inconexo, reduciéndole al estúpido escalafón de infraser. Pero, por favor, que no venga ningún listo diciendo que la heroína, precisamente, es una droga creativa. Las personas son creativas o no lo son, las drogas sólo son recreativas. Estas últimas, son productivas o destructivas únicamente en función de lo que quien las usa quiere o decide que sean. En el caso de la farlopa, está claro que se trata de una droga lúdica con aplicaciones limitadas: no sirve absolutamente para nada que no sea ponerse. La coca es monotemática. Su gratificación consiste únicamente en activar el deseo de más y reducir el momento a una dentellada de ansiedad que te roe por dentro. Si eso es o no pernicioso dependerá también del sentido común de cada uno, de su noción de la realidad y capacidad para asimilar que en esta vida todo tiene un precio. El destino final del viaje cocaínico pasado de dosis no es siempre agradable, es más, suele desembocar en el asco. Son esos momentos de derrota y soledad idóneos para pensar en aquellos versos de Baudelaire: “Junto a mi sin cesar se agita el Demonio; como aire impalpable a mi alrededor va nadando; me lo trago y así mis pulmones quema y los llena de deseo eterno y culpable. Así me conduce, jadeante y muerto de cansancio a las llanuras hondas y desiertas del Hastío”. Claro que el del arrepentimiento, tal que el del propósito de reformarse con que concluye toda reflexión de bajada, es un estado efímero como la existencia misma. ¿O no?
MAS BARATA QUE EL AZUCAR
Se intentó contar con la colaboración de Antonio Escohotado para enriquecer este trabajo con su docta sapiencia, pero el hombre nos dio tres poderosas razones para negarse: está harto de hablar de drogas, tiene problemas personales que resolver y un día de estos se va a vivir a Tailandia. Siendo la suya una de las más objetivas aproximaciones científicas al tema de la droga, resulta concluyente una lectura atenta, siempre didáctica, de títulos de su bibliografía tan populares como “Historia General de las Drogas” (Alianza) y “Aprendiendo De Las Drogas” (Anagrama). De este último ha sido tomado el siguiente extracto:
“El principio psicoactivo de la coca fue descubierto en 1859. Poco después médicos y laboratorios recomiendan ya la cocaína como “buen alimento para los nervios”. No se había conocido nunca una campaña promocional como la orquestada por diversos fabricantes en todo el mundo; uno de los lemas comerciales decía: “no pierda tiempo, sea feliz; si se siente pesimista, abatido, solicite cocaína”. Diversos escritos de Freud contribuyeron decisivamente a la popularidad del fármaco. Hacia 1890, cuando se descubre la posibilidad de inhalar la droga en polvo (previamente se empleaba por vía subcutánea, intramuscular, intravenosa y oral), los usuarios pertenecían a todos los sectores sociales. Era corriente en reuniones de alta sociedad, en el mundo artístico y entre la clase media. Su empleo como anestésico local había revolucionado la cirugía menor no menos que la odontología. En 1901 se calcula que el 30% de los cocainómanos inveterados en Estados Unidos son dentistas. Sin embargo, lo que escandalizaba allí eran consumidores bohemios y lumpenproletarios de diversa índole, así como la entusiasta acogida prestada al producto por parte de los negros. Las medidas represivas, que empiezan a ser eficaces hacia los años 30 de este siglo, tendrán al principio una sorprendente aceptación. Sin embargo, empezaban entonces a inundar el mercado las anfetaminas, estimulantes más baratos y mucho más potentes. En cuanto empiece a restringirse la circulación de anfetaminas -hacia mediados de los años 60- estallará otra vez la popularidad de la cocaína.
“La teoría más común para explicar sus efectos supone que no libera reservas de ciertos neurotransmisores, como sucede con las anfetaminas, sino que impide su reabsorción una vez liberados. Parece activar ante todo el sistema simpático, al que se atribuye el mantenimiento del organismo en estado de alerta para hacer frente a cambios externos: activa también el hipotálamo, centro al que se atribuyen la regulación del sueño, la temperatura del cuerpo y las reacciones de cólera y miedo. Por vía nasal, la dosis activa mínima suele cifrarse entre los 1.2 y 1.5 gramos para alguien de unos 70 kilos. Eso significa que el margen de seguridad es alto: 1 a 50. Como resulta prácticamente imposible hoy obtener cocaína pura en el mercado negro, semejantes datos sólo tienen un interés teórico.
“A pesar de los riesgos objetivos, mientras el producto estuvo disponible en formas puras o casi puras no hubo apenas episodios mortales. En 1920, por ejemplo, sólo se produjo un caso de sobredosis fatal en Estados Unidos, aunque estuviera ya prohibida. Salvo error, no se ha descubierto todavía un modo barato de producir cocaína sintética. Es por eso más cara que otros estimulantes. Sin embargo, el precio de elaboración sigue siendo ridículo comparado con los del mercado negro. En 1925 el gramo de clorhidrato puro se vendía en las farmacias españolas al precio de 4 pesetas, mientras el kilo de azúcar valía 2. Hoy resulta prácticamente imposible de encontrar; formas no refinadas, y mucho más tóxicas, del alcaloide se venden a cinco mil veces ese precio.
“(Cuando pasa a inhalarse) la costumbre social será hacer dos líneas por persona, como actualmente, mientras va adquiriendo connotaciones de droga selecta y a la moda, para triunfadores o aspirantes a dicho estatuto. La absorción nasal es levemente inferior a la subcutánea e intramuscular, y puede irritar el cartílago sin cierta profilaxis. Los efectos son básicamente los antes expuestos, con una expansión del tono psicofísico que puede hacernos comunicativos y hasta audaces, aunque desde el autocontrol. Sucesivas administraciones no alterarán estas coordenadas, mientras el sistema nervioso evite verse abrumado por una excitación excesiva; semejante cosa la delatan síntomas como calor y sudoración súbita, gran sequedad de boca, sensaciones de agarrotamiento muscular, rechinar involuntario de dientes, verborrea, fuga de ideas e irritabilidad difusa”.
DE RESACA CON LA “FÉE BLANCHE”
Nunca será peor que las provocadas por anfeta y orujo, pero tampoco es ninguna ganga una resaca de farla. No se encuentra descripción más precisa de ese decadente estado que la apuntada por Stanislaw Ignacy Witkiewicz en “Narcóticos” (Circe). Escrito en 1930, dicho ensayo es una irónica, aguda relación de las experiencias del autor con diferentes estupefacientes a fin de potenciar la creatividad. Dramaturgo, novelista, artista plástico, teórico del arte, filósofo y fotógrafo, Witkiewicz es uno de los puntales más malditos de la intelectualidad polaca de entreguerras. Mito del artista hecho carne, se suicidó en 1939 coincidiendo con la entrada de las tropas soviéticas en Varsovia. Su literatura es un eminente despliegue de impertinencia crítica y ferocidad analítica, un erudito manotazo de desprecio y disgusto hacia la sociedad de su época y especialmente los círculos artísticos e intelectuales. Su rememoración de los distintos pasos del descenso a los infiernos post-cocaínicos -en el siguiente extracto del citado libro sobre los narcóticos, sus usos y abusos puede parecemos tremendista, pero cabe suponer que en aquellos tiempos la calidad del producto -todavía legal, aunque por poco tiempo- sería superior, seguramente casi pura. Por otro lado, Witkiewicz tampoco especifica que cantidad es necesario ingerir para acabar en tan lamentables condiciones.
“Al parecer, una de las peores porquerías entre los llamados “delirios blancos”, los narcóticos de “rango superior”, es la cocaína. No pienso describir aquí los agradables efectos de este veneno, puesto que, por desgracia, el lector podrá encontrar la descripción de los mismos en mi novela “Adiós Al Otoño”... Así pues, debo añadir una vez más que las primeras impresiones suscitadas por la cocaína son ilusorias y, en segundo lugar, que no cumplen las promesas que llevan a cabo. Es posible, como algunos afirman, que el consumo prolongado de la misma proporcione algo diferente. Sin embargo, no deseo a nadie la experiencia de dicho proceder, atendiendo a los efectos del cocainismo inveterado que he podido observar en más de uno de mis conocidos. Tomarla a modo de experimento puede ser llevado a cabo por una persona, excepcionalmente resistente a la adicción (entre las cuales, contra la opinión general, debo contarme a mi mismo) y, además, una persona a quien dicho experimento pueda reportar algo en otras dimensiones como, por ejemplo, las artísticas. Sin embargo, considero una gran frivolidad la prueba por simple diversión de este peligroso medio, así como, por el contrario, tengo por unos dementes a aquellos que lo consideran no apto y hasta diría que “indigno” de dicha prueba. Desgraciadamente, el hombre cocainizado (como, por otra parte, cualquier persona que padezca alguna adicción: recordemos esos repugnantes “atentados” contra uno mismo de “una copita más”) tiene la tendencia a elevar a todo quisque al nivel de su propio paradis artificiel. Y eso es capaz de llevarlo a cabo alguien que, ante esa misma idea en estado sobrio, se estremecería de indignación. Sucede así porque: uno, ciertos momentos del aturdimiento suscitado por la cocaína son realmente muy agradables y es posible desear procurar a alguien ese dudoso beneficio; y dos, la cocaína paraliza todos los medios autorrepresivos, forzando a menudo a llevar a cabo acciones de las que suelen ser denominadas indecentes.
“La peligrosidad de la cocaína reside no tanto en los placeres que proporciona como en la reacción desmesuradamente desagradable que sigue a su consumo. La cocaína posee la capacidad de dar lugar a una depresión tan real que de modo alguno resulta posible explicarse su procedencia y de esa manera neutralizarla. Durante la “resaca” etílica, esto resulta hasta cierto punto posible. Es posible distinguir los sinsabores reales, entonces considerablemente potenciados, empezando por el mismo fondo de desesperación y de general pesimismo, consecuencia de los efectos secundarios del abuso del narcótico. Con la cocaína no se alcanza este grado de distinción: uno se halla sumido en el meollo de la repugnancia del mundo y de la existencia en general. Las contrariedades más insignificantes crecen hasta alcanzar dimensiones de insalvables moles de fracasos, la sombra del presente, tan repugnante y deformado, se desploma sobre todo el pasado, haciendo del mismo una serie de terribles equívocos y sufrimientos sin sentido; por su parte, la idea del futuro bajo esa luz se convierte en una tortura in-to-le-ra-ble. La desvalorización de las cosas que hasta entonces han constituido el único objetivo en la vida, la repugnancia por las ocupaciones más nobles, la gangrena de las propias raíces del ser humano, he aquí el complejo habitual de las sensaciones que constituyen la “resaca” cocaínica. Dicho estado de cosas suele imponerse con una fuerza tan terrible que resulta imposible explicárselo como algo pasajero; se trata de una verdadera concepción del mundo con una estructura hasta tal punto lógica, la consecuencia de un ataque de todas y cada una de las esferas de la psique, que la lucha contra la misma se antoja algo sobrehumano y lógicamente insensato. O comerse la tierra o administrarse una nueva dosis de veneno: he aquí las dos únicas salidas. Es posible eludirlas mediante dosis colosales de bromuro, y despertar en un estado soportable, un estado de gris cotidianidad, algo como el sentido de ánimo experimentado en la sala de espera de algún ministerio. La “resaca” posterior a la cocaína excluye hasta dicha espera.
“Debo constatar que bajo el efecto de la cocaína en pequeñas dosis, y ello siempre en combinación con dosis de alcohol relativamente grandes, logré realizar ciertas cosas que en estado normal no hubiera sido capaz de llevar a cabo. Pero en cuanto al intelecto, la cocaína resulta un engaño aún mayor que el alcohol. No sólo no crea cosas nuevas, sino que tampoco produce valiosas conjunciones de elementos al fin y al cabo ya conocidos. Al aniquilar toda suerte de control. Sin proporcionar estados y concepciones metafísicas realmente nuevos, constriñe al anonadado sujeto a admirar como un insólito milagro la realidad más estúpida y vulgar. La cocaína destruye todos nuestros criterios. Solamente escuchamos a lo lejos, presas de una rabia impotente, las infernales risotadas de la “bruja blanca” que se mofa de nosotros y nos atrae hacia ulteriores orgías en su infernal compañía”.
SUPERMOSCA: REFLEXIONES DE UN DEALER
Siempre infamada por obvias razones, la figura del camello se desquitó al alcanzar rango heroico en la película “Superfly”, blaxploitation de culto (ver RUTA 68) cuyo protagonista, Priest, es un dealer de farlopa inusualmente descontento de su ventajosa posición. Su reflexión es esta: “Traficar es todo lo que el Hombre (blanco) nos ha dejado (a los negros)”. En consecuencia, quiere cambiar de vida. Los todopoderosos blancos que controlan el negocio le hacen saber que no aceptan dimisiones, a no ser por óbito, de modo que Priest se las ingeniará para pegarle el palo a la Mafia y hacerse con los beneficios de un importante pase de supermosca, la mejor perica de Harlem. Además de una formidable banda sonora de Curtis Mayfield, “Superfly” dio lugar a una adaptación literaria en formato pulp, donde Mr. Supermosca expresaba su particular filosofía dromedaria en los siguientes términos:
“Trapichear. En aso consistía todo. Poner tus manos en una coca supermosca, la mejor, rocas grandes como tu glande. Cortarla en dos o quizás en dos y medio... molerla muy fina. Destrosa, Lactosa y esa excelente cocaína... prima cocaína, como canta Mich Jagger. La nieve. El polvo feliz. El caramelo nasal. ¡Te pone a tope, te mantiene en marcha! De modo que, ¿y qué si te pudre el coco, te quema las membranas nasales y te agujerea al cerebro? Arriba, bien alto y ligero. “I wanna take you high...er!”. El viejo Sly si que sabe.
“Trapichear coca. Cortarla, embolsarla y repartirla. Los lugartenientes acuden al escondite. Un tranquilo apartamento en Bed-Stuy. Los negros van y vienen a cada minuto en Bed-Stuy. ¿quién reparará en otros tres? Vienen los mejores hombres, aquellos con contactos gordos. Cogen las bolsas más grandes, los “cuartos”, las “medias piezas”, las “piezas”. Todo lo que hay sobre la mesa es removido a golpe de cuchara. Ahora, fíjate. El lugarteniente lo cortará de nuevo antes de que salga a las calles. Lo cortará en un tercio, o, si se mueve a pequeña escala, puede que en un cuarto.
“Del dealer al lugarteniente y al camello. El camello es tu hombre en la calle; él siempre sabe quién quiere pillar para su uso personal. El camello es quien te empolva la nariz. Un poco cada vez, una bolsita por diez pavos. Quizás también mueva yerba, pastillas, para subir y para bajar. Qualude a lo mejor. El camello va allí donde se encuentra la fiesta, donde la gente quiere esnifar. Meterse un poco de coca. Las cosas funcionan mejor con coca.
“El camello la lleva al backstage de un concierto de rock, y delgados y melenudos chavales de camisas floreadas y pantalones acampanados, los dedos tamborileando nerviosos en los mástiles de sus guitarras, se meterán una raya. La música funciona mejor con coca.
“Esa joven y agradable pareja del West Village, que la monta cada noche y se trae amigos para que observen. El camello es bien recibido en su apartamento, porque el sexo funciona mejor con coca.
“El 14 de febrero le hice un regalo de San Valentín a mi chica, una cucharilla de coca envuelta en papel de plata con una nota donde le decía que siempre tendría un hueco en mi aparcamiento cuando necesitara un poco de coca y simpatía. Gracias, Stones.
“El camello va a los mejores sitios. Easthampton en verano, donde todos esnifan, los heteros y los gays y sus amigas artistas ricas y zorras. Pero no saben una mierda. Se colocarían esnifando azúcar si fuera eso lo que les vendías.
“Coca en Harlem, coca en Queens, coca en Bed-Stuy y en Park Avenue. Cole Porter no lo pasa bien con la cocaína, debe ser el único, querido. Todo el mundo se pone meloso cuando llega el camello. Puede haber sido cortada y puede engancharte, pero ¡mieeerda! ¿Quién quiere vivir para llegar a viejo cuando puedes vivir para ponerte ciego?
“De modo que, ahí viene, desde Sudamérica, de los Andes del Perú, Ecuador y Bolivia, donde los nativos mastican hoja de coca porque cuesta respirar y la energía disminuye por encima del nivel del mar. La refinan y la envían camuflada. Llega pasando por México y Florida. Algunos incluso la llevan en camiones hasta Canadá y la venden allí. Llega a onzas, libras y kilos. Para cuando toca la calle ha sido cortada y rebajada a saco. Pero la gente de la calle se coloca con ella. Y hace rico al camello. Y al distribuidor. Y al manufacturador de bolsitas de plástico. Y al Hombre, el corrupto, el Hombre que se esconde en su oficina, pretendiendo estar del lado de la ley, cuando en realidad está al lado del mismísimo Diablo. El Hombre se hace muy, muy rico. Y todo por un pequeño subidón, un pequeño subidón de polvo feliz. Colócate”.
¿QUE HAREMOS AL SALIR DEL CINE?
EL PRECIO DEL PODER
Pasen y vean al señor del cartel cubano en Miami, Tony Montana / Al Pacino, ascender y caer por una montaña de yeyo. Un Everest entero se mete, al final de la película, en la estufada más salvaje jamás filmada.
BOOGIE NIGHTS
Las aventuras de John Holmes en Pornofornia incluyen su inmersión en el abismo blanco. Rayotes de una longitud y grosor similares a los de su célebre miembro y secuencias de esperando-a-mi hombre desesperadamente verosímiles.
THE BOOST
Como “Días de Vino y Rosas” pero con farla en lugar de Baturrico. Un yuppie, James Woods, empieza esnifando para olvidar un mal negocio y acaba enganchado de lleno, perdiéndolo todo, incluso el control de su vida.
BAD LIEUTENANT
La corrupción empieza por uno mismo, en este caso un madero neoyorquino con serios problemas de conciencia, Harvey Kaitel, que se raya hasta para llevar a los niños al colegio. Decadencia absoluta.
UNO DE LOS NUESTROS
Ray Liotta no hace ni caso a la máxima sagrada –“nunca tomes de aquello con lo que traficas” y se pone hecho un basilisco. El tramo final del filme es una cardíaca, enloquecedora carrera contra el reloj de la paranoia. Se nota que Scorsese había estado pillado.
ARENAS BLANCAS
El productivo negocio del camello visto desde dentro. Susan Sarandon maneja las riendas de la empresa y Willem DaFoe es un chico de los recados que, al cumplir los cuarenta, se replantea su vida laboral.
HURLY GURLY
Sean Penn es un agente de casting que trabaja en Hollywood y discute sobre las mujeres, la amistad y el sentido de la vida mientras se pone perdido de farlopa y maría. Extenuante interpretación.
CARLITO´S WAY
Sean Penn es el abogado judío de Al Pacino y se mete aún más coca que en “Hurly Gurly”. Acaba tan desquiciado que se arriesga a jugársela a la Mafia pringando a su cliente y amigo. Hasta reventar.
ENTROPIAS EN EL LODAZAL DEL OLIMPO
Uno de los mitos más extendidos por la rumorología es el tabique nasal de platino del amigo Frank Sinatra. El enviciado mundo del pop está plagado de chismorreos acerca de la coca y lo malitas que pone a esas maleables criaturas llamadas, “estrellas”. La verdad, como siempre, emerge mucho más espantosa –la autodestrucción artística de Sly Stone, Marvin Gaye tiroteado por su padre-, especialmente cuando son los propios protagonistas quienes rememoran los espantos de la adicción.
MILES DAVIS: COMO EXTORSIONAR A UN CAMELLO
“Cuando no disponía da coca mi carácter se agriaba mucho y cualquier cosa acababa con mis nervios. No podía evitarlo. En aquella situación no escuchaba música ni leía nada. Si aspiraba coca acababa fatigándome y quería dormir, y para dormir tomaba píldoras. Pero incluso tomándolas no podía conciliar el sueño, y hacia las cuatro de la madrugada salía a vagar por las calles como un hombre-lobo. Paraba en cualquier local de horario tardío, esnifaba más coca. Entonces me marchaba, volvía a casa con una puta, esnifaba otro poco, tomaba una píldora para dormir. Todo se reducía a deambular a la deriva. Éramos cuatro personas, porque siendo géminis yo ya soy dos. Dos personas sin la coca y dos más con la coca. Uno de mis proveedores de coca era una mujer blanca. Un día yo no llevaba dinero y le dije que en otro momento se lo daría. Siempre 1e había pagado, y te aseguro que le compraba coca a montones, pero me respondió: “Si no hay dinero no hay cocaína”. Traté de persuadirle, pero no cedió. En esto llamó al portero por el interfono y le anunció que su novio subía a verla. Ella continuaba negándose. Por lo tanto, me acosté en su cama y empecé a desnudarme. Sabía que su novio conocía mi reputación de mujeriego, ¿y qué pensaría cuando me encontrase desnudo en su cama? La mujer, naturalmente, me suplicó que me marchase. Pero yo me quedé donde estaba, con el cipote en una mano y la otra mano tendida para recibir la coca, y además sonriendo. Efectivamente me dio la droga. Al cabo de algún tiempo, tanta mierda se hizo fastidiosa. Me cansé de que me jodieran sin parar. Cuando estás constantemente bajo la influencia de las drogas, la gente se dedica a aprovecharse de ti. En ningún momento pensé en morir, como he oído decir que a muchas personas les ocurre si esnifan coca en exceso”. (“Miles: La Autobiografía”, Ediciones B)
BRIAN & DENNIS WILSON: SI TE HE VISTO NO ME ACUERDO
“Como yo, Dennis también estaba teniendo problemas con los Beach Boys. Pero compartíamos algo más. Cuando Dennis se presentó en mi casa aquella noche me encontró murmurando a seres imaginarios. Dennis ignoró mi locura. De ordinario, venía en busca de dinero para comprar cocaína, pero esta vez me sorprendió presentándose con un gramo. Vertió la coca sobre la mesa de la cocina, separó con un dado al montón en dos mitades e inhaló su porción. Luego yo hice lo propio con la mía. Antas incluso de que el flash inicial empezara a desvanecerse, Dennis y yo nos miramos el uno al otro con el mismo pensamiento. ¡Más! Se había declarado el incendio. Teníamos que ligar más coca. Dennis sabía donde. Sólo necesitaba dinero. Yo no tenía un centavo. Dennis empezó a rebuscar por toda la casa como lo haría un ladrón.
A veces, entre los cojines de los sofás o en un montón de calzoncillos, aparecía algún cheque de los que mis contables extraviaban continuamente, alguno de hasta 50.000 dólares. Dennis tuvo suerte. En un bolsillo de mi albornoz encontró un cheque por valor de 1.000 dólares. Lo firmé a su nombre y desapareció prometiendo volver con diez gramos. Pasaron varios días antes de que Dennis volviera, y para entonces mis 1 .000 dólares y la coca que compró con ellos habían desaparecido. En lugar de eso vino con su novia de catorce años. Ambos estaban colocados y muy pasados. Yo no me encontraba mucho mejor. Estaba metiéndome un gramo que me había traído uno de mis proveedores habituales. Había bastante para pirarnos. Dennis observó horrorizado como su novia inhalaba la última raya de coca, que naturalmente él pensaba meterse. Se le fue la olla. Llamándole perra, le golpeó en la cabeza. “¡Maldita puta encocada!”, gritó, “debería matarte”. Le arreó de nuevo, con tanta fuerza que la envió a la otra punta de la habitación. No había acabado de caer al suelo y Dennis ya estaba sobre ella propinándole puñetazos en la cara”. (“Wouldn´t it Be Nice”, Harper Collins)
BRIAN WILSON: CUATRO MOGRAMS DE UNA TACADA
“Dennis sólo se añadió a mi demencia, no la creó. Una vez descubrí un fajo de billetes en uno de mis bolsillos e inmediatamente me hice traer cuatro gramos de coca. Por la noche, mientras Carolyn miraba la televisión con sus primas, me escabullí hacía la cocina y esnifé los cuatro gramos tan deprisa como pude. Era un experimento. Quería ver que pasaba cuando te metes tanta coca de golpe. Si un gramo me hacía sentir bien, razoné, cuatro sin duda me harían sentir cojonudamente bien. Mi cerebro despegó como un cohete. El corazón me latía al triple de la velocidad normal, bombeando sangre a unas arterias a punto de estallar. Mis hombros se pusieron rígidos como tablas, la mandíbula se me petrificó. Era tal la presión que soportaba mi cabeza que sentí la necesidad de cogérmela con las manos y apretar para que no se escapara. Pensé que mi cráneo iba a agrietarse por algún lado. Respiraba con dificultad. Estaba aterrorizado. Algo iba mal. Muy mal. De pronto todo se volvió negro. Caí al suelo de la cocina sin tiempo de pedir ayuda. A la mañana siguiente me desperté allí donde había caído. Desde el suelo, vi como Carolyn daba el desayuno a sus niños. Me enderecé para sentarme y Carolyn me pidió que llamara a los contables para pedir más dinero (“Wouldn´t It Be Nice”, Harper Collins)
IKE TURNER I: QUERIDA, ME HE ESNIFADO A LOS NIÑOS
“La primera vez que recuerdo haberla visto (a Ike) meterse cocaína fue en San Francisco. Estaba esnifando con un billete de cien dólares; parece que aquello era lo clásico, no lo sé, el caso es que pensé: ¿por qué lo harán con dinero? Creo que ya llevaba algún tiempo con la coca, primero en secreto, pero luego se volvió muy atrevido. Luego andaba siempre con las papelinas por todas partes, después eran cajitas... y al cabo de poco tiempo ¡levaba en el bolsillo cajas como paquetes de tabaco. Yo nunca probé la cocaína. Nunca he sido capaz de meterme nada por la nariz. Pero Ike no tenía ese problema. La cocaína le ponía... bueno, siempre fue bastante violento, pero con la coca era todavía peor. Todo fue muy rápido: la locura, las peleas, la impaciencia ante cualquier problema. Llegó a un punto en que daba miedo decirle nada, porque nunca se sabía como iba a reaccionar. Y si ya me parecía malo antes, la coca le estaba convirtiendo en un ser perverso” (Tina Turner en “Yo, Tina”, Ediciones B)
IKE TURNER II: PIRADO PERO RUMBOSO
“(En los estudios de grabación de Ike) se movía una cantidad de dinero increíble. Todas las noches les pagaban al contado, y por aquel entonces cobraban unos veinte mil dólares por noche. Así que se iban por ejemplo dos semanas y volvían con doscientos mil dólares en billetes. Creo que fue por aquel entonces cuando las fiestas empezaron a ser algo serio. Recuerdo que después de una actuación en Miami había un montón de camellos que querían ver a Ike. Todas llevaban una bandeja con unos veinticinco gramos de coca, y todos decían: “¡Prueba la mía!, ¡Prueba la mía!”. Ike me dijo: “Toma, prueba un poco”, sacó un tubo y lo metió en la bandeja. Yo esnifé como dos gramos de cocaína por cada fosa nasal, y de pronto me volví loco. Recuerdo que pensé: “¿Qué coño está pasando?”. No sé como podían vivir así. Pero Ike nunca vendía droga. La regalaba, pero no vendía ni un céntimo. Y no quería oír ni una palabra sobre el tema. El la compraba para consumo propio, no para venderla. Y tenía una coca increíble” (Bill James en “Yo, Tina”, Ediciones B)
IKE TURNER III: LA INVENCION DEL SONIDO COCAFONICO
“Por aquel entonces, dos de los niños también empezaron a meterse en la droga. No era de extrañar. Ike se puso una vez una linterna en la nariz para enseñarme como se la había destrozado la cocaína. El tabique nasal había desaparecido por completo. Era capaz de quedarse cuatro o cinco días en al estudio, sólo a base de drogas. Y no había quien hablara con él. Se quedaba en el estudio, mirando fijamente al frente, y si tú entrabas fingía que no te veía. Aquello llegó a tal punto, con tanta coca en el estudio, que los buenos músicos dejaron de ir allí. Porque para empezar, había tanta droga que se había metido en la mesa de control y estropeaba el sonido. Ike tenía un buen equipo, y lo había jodido con café y cocaína” (Ann Cain en “Yo, Tina”, Ediciones B)
LITTLE RICHARD: LLAMALE LITTLE FARLOPARD
“Me gastaba miles de dólares en colocarme. Me había deteriorado y perdido peso. Lo único que me concernía era ponerme. Conducía por todo Los Angeles en busca de cocaína. Deberían haberme llamado Little Cocaine. ¡Me metía tanta! Mi nariz se ensanchó tanto que podías aparcar un camión Diesel dentro, descargarlo y salir conduciendo de allí. Cada vez que me sonaba el pañuelo que- daba lleno de sangre y carne. La coca me había devorada las membranas. Un hábito como el mío costaba mucho dinero. Fumaba marihuana y polvo de ángel y mezclaba heroína con coca. Me estaba costando unos mil dólares al día, y siempre había problemas con los camellos. Larry Williams, un tipo al que yo había iniciado en la música, se presentó en mi casa con una pistola, dispuesto a matarme. Le había pillado algo de cocaína con la promesa da pagarle más adelante, pero me coloqué tanto que me colgué. Larry y yo éramos buenos amigos. Yo le llevé a la fama. Éramos muy buenos amigos, pero al tío vino a por mí. Probablemente fue el momento que más miedo he pasado en mi vida. Eso es lo que las drogas te hacen. Me dijo: “Richard, voy a matarte. Nadie juega con mi pasta”. Sé que hubiera disparado si no llego a pagarle. Me volví muy desagradable. La cocaína me puso paranoico. Me hacía pensar en el diablo, me hacía sentir pena de mi mismo. Cuando me ponía no podía dormir, no podía cansarme lo bastante para poder dormir. Me aburría tanto por las noches que empecé a beber también. Había muchos guardaespaldas en casa cuidando de mí. Me traían cocaína y yo me la metía sin parar”. (“The Life And Times Ot Little Richard”, Harmony Books)
LOS SONIDOS DE LA CONFUSION
COCAINE (RUNNING AROUND MY BRAIN)
“Estoy perdiendo contacto con la realidad y casi sin aliento / Es una raya tan guapa, me jode verla desaparecer / Cocaína, dando vueltas por todo mi coco”. Una reliquia folk compuesta en los años 30 por el Reverendo Gary Davis. Jackson Browne y el jamaicano Dillinger la adaptaron a gustos contemporáneos.
COCAINE
“La cocaína no miente”, decía el estribillo. Apología del asunto ambigua pero descarada, el himno al farlopismo más coreado de todos los tiempos. J.J. Cale la escribió y Clapton sacó tajada. “Si tu chispa se ha acabado / Y quieres viajar en coca / No olvides el hecho / De que no hay marcha atrás”.
WHITE LINE FEVER
No hay manera de descifrar lo que aúlla Kilmister en este himno al speed compatible con la coca, pero es fácil de imaginar.
WHITE LINES
Los peligros de la adicción farlópata denunciados por la factoría de Sylvia Robinson en las voces de Grandmaster Flash y Melle Mel.
CASEY JONES
Grateful Dead cantan a un maquinista ferroviario enfarlopado que estampa el tren al salir de una curva. “Mira bien aunque no veas nada”.
COCAINE DECISIONS
¿Hay algo peor que un ejecutivo discográfico? Según Frank Zappa si, un ejecutivo discográfico pasado de rayas.
RUSH RUSH
“Date prisa, date prisa, consígueme yeyo”. Debby Harry y Giorgio Moroder patentando el narcodisco en la b.s.o. de “El Precio Del Poder”.
I WANT TO TAKE YOU HIGHER
Hay muchas más referencias, si bien crípticas, a la coca en el elepé “Fresh”, pero este es el farlotema por antonomasia de Sly & The Family Stone.
RON´S GOT THE COCAINE
Ron tiene la farla y el muy cabrón no se lo dice a nadie. Un mal rollo localizable en el primer elepé de Supersuckers.
“El efecto (de la cocaína) consiste en optimismo y una duradera euforia, que no se diferencia de la normal en una persona sana. Se nota un aumento de autocontrol, y también que uno tiene gran vigor y es capaz de trabajar. El mejor empleo se consigue administrando dosis pequeñas pero eficaces, repetidas lo bastante a menudo como para que los efectos se superpongan. La cocaína es un estimulante mucho más vigoroso y menos dañino que el alcohol (Sigmund Freud, 1884)

“No podemos permitir que el poder potencial de las drogas quede en manos de unos pocos “expertos” del gobierno. Debemos vigilar que el conocimiento fundamental acerca de las drogas esté a disposición del pueblo. Una ojeada a la historia nos debería mostrar que es necesario obrar así. Yo recomendaría, por motivos de seguridad pública, que las drogas se vendan libremente. Por el momento, estamos fomentando la ignorancia, legislando para que se perpetúe la delincuencia y preparando el camino para una de las más repugnantes usurpaciones de poder de todos los tiempos”(Alexander Trocchi, 1960)

“Olía el fuerte nauseabundo dulzor de la cocaína. Me estremecí cuando me pinchó. Vi como el líquido sanguinolento entraba en mí. Fue como si una tonelada de nitroglicerina estallara en mi interior. Mi corazón se volvió loco. Podía notarlo trepándome por la garganta. Parecía como si un millón de pollas se metieran por los poros de mi piel de la cabeza a los pies, descargando al mismo tiempo un orgasmo de histeria colectiva” (Iceberg Slim, 1967)

Monday, July 24, 2006

MARIHUANA: EL CAMINO HACIA UNA NECESARIA LEGALIZACION

SU CONSUMO ESTA SOCIALMENTE ACEPTADO EN NUESTRO PAIS, DONDE FUMARSE UN CHIRRI NO TIENE MAYOR IMPORTANCIA QUE HACERSE UNAS CAÑAS DE CERVEZA. ES MAS, SU CONSUMO PRIVADO ES TOTALMENTE LEGAL. ¿POR QUE ENTONCES SE SANCIONA LA TENENCIA Y EL USO PUBLICO? VARIOS ESPECIALISTAS HABLAN SOBRE LA NECESIDAD DE UNA LEGALIZACIÓN QUE CADA VEZ QUEDA MAS PROXIMA. POR LO MENOS SOBRE EL PAPEL.
Coordino una mesa redonda sobre marihuana en la televisión barcelonesa, la progresista BTV, y me sorprendo ante la avalancha de nueva información sobre el asunto y el rumbo que ha tomado el debate en los últimos tiempos. La iniciativa ha partido del activista Jaime Prats -uno de aquellos pioneros que hace unos años plantaron un campo de cañamo en Reus, para ser llevados ante los tribunales y así crear un precedente de autocultivo legal en un país donde el consumo privado es lícito, meta que finalmente el tribunal supremo ha desestimado por obvias razones políticas- y acuden varios especialistas, los más sorprendentes por los datos y opiniones aportados un catedrático de farmacología y un juez magistrado. No se trata pues de prosélitos interesados, aunque los haya -yo el primero-, ni de fumetas indocumentados.
En camerinos, antes de entrar al plató, se comparten actitudes tolerantes y repulsa hacia la prohibición -salvo por un joven y desinformado representante del PP- mientras se barajan los datos de una reciente encuesta encargada por la revista Cañamo, según la cual un 53´9 % de la sociedad española estaría de acuerdo con la legalización del cannabis. Una legalización que, en la premisa de la encuesta realizada por Sigma Dos, pasaría por tres posibles marcos: bares identificados y reconocibles donde poder adquirir y fumar; autocultivo, es decir, autoabastecimiento por parte del usuario; y, por último, un sistema de licencias desde el cual el Estado podría regular su comercio y fiscalización. Los resultados de la encuesta se volcaban –un 46,1 %- hacia esta tercera opción, la de la legalización total.
Estamos pues ante un problema, la prohibición, que desborda lo médico y lo jurídico, un problema que ya sólo se sustenta en lo político. Son los políticos quienes deben perder el miedo, abandonar la gran hipocresía que sigue camuflando el asunto y, sobre todo, informarse. En un país donde el 40% de la población dice haber consumido cannabis alguna vez, donde el humo de hashis se huele por la calle con toda normalidad, la mayoría de diputados no saben lo que es un porro, creen que la marihuana es igual a la anfetamina, la cocaína o la heroína. Lo siguen metiendo todo en u mismo saco, lanzando campañas alarmistas que bombardean al ciudadano con impactos emocionales cuando lo que se necesita es verdadera información. La principal conclusión a la que llegan los participantes del debate televisivo es que se ha de acabar de una vez por todas con la hipocresía: combatir las drogas prohibidas, los estados no protegen la salud de sus ciudadanos, sino el próspero negocio de las legales como el tabaco y el alcohol.
Los defensores de esa panacea llamada cáñamo tiene siempre algo del proselitismo iluminado que caracteriza a los santones. Hablan de una planta milenaria -las primeras informaciones se encuentran en la China neolítica, tres mil años antes de Cristo-, resistente y ubicua, cuyas propiedades no son únicamente placenteras y terapéuticas, pues del cañamo se pueden derivar toda clase de tejidos, alimentos e incluso combustibles. Sin embargo, se persigue a los consumidores, incluso después de que nuestro Plan Nacional sobre Drogas reconozca que actualmente “la mayoría de las personas que consumen drogas no pertenecen a grupos marginales, sino que están perfectamente integrados en la sociedad, la familia, el trabajo o los centros docentes”. Se multa con una suma que va de las 50.000 a las 500.000 ptas. a quienes incurran en lo que el código penal llama “consumo ostentoso” y “tenencia ilícita”, lo que propicia los registros policiales por la simple apariencia del sujeto y redunda en el problema administrativo: la persona sancionada, aunque haya fumado su primer porro, tiene la alternativa -para evitar pagar la multa- de ser tratado en un centro de deshabituación, lo que ha generado una falsa demanda en dichos centros.
Incluso la utilización terapéutica se ve desasistida legalmente en España, cuando en un país tan anti-drogas con Estados Unidos está normalizada en estados como California y otros. Días antes del foro televisado localmente, saltan dos noticias desde sendos reportajes periodísticos: un joven investigador madrileño tiene problemas para utilizar marihuana en sus estudios sobre la aplicación del cannabis en los tumores cerebrales, y un grupo de mujeres barcelonesas enfermas de cáncer se ven en la ilegalidad por usarla antes y después de cada sesión de quimioterapia, donde está probado que reduce las nauseas y vómitos causados por la medicación. Esta coartada médica sin duda será un principio, aunque tristemente encubierto, para enfrentarse a la hipocresía del estado y los prejuicios de ciertos sectores sociales. El actual partido en el gobierno, por ejemplo.
La información objetiva debe ser el arma principal, una información que se renueva a diario y cuyo interés público lo ratifica el éxito de publicaciones como la citada Cañamo. En el campo científico los descubrimientos siguen llegando pese a que creíamos saberlo casi todo sobre la marihuana y su aceite el hashis. El catedrático en farmacología Joan Ramón Laporte explica que el descubrimiento de los principios activos de la planta es muy reciente. “Se han descubierto unas cuatrocientas sustancias”, dice. “Se han descubierto, y eso es mucho más interesante, receptores que tenemos en nuestro cerebro y en otras partes del organismo que responden a la marihuana. Si tenemos esos receptores donde actúan estos derivados cannábicos, nosotros también los producimos. A partir del año 1996 se conocen estas cannabis endógenas que produce nuestro organismo, y en los últimos años se ha producido una investigación extraordinariamente rica que demuestra la cantidad de papeles que tienes estos cannabinoides endógenos”.
Pero, ¿qué es exactamente lo que nos pone al fumarnos un petardo? “El THC es el principal responsable de los efectos de la planta”, responde Laporte, “pero esta contiene muchas otras sustancias que son de una estructura química similar a la del THC, con algunas acciones similares y otras en algunos aspectos contrarias. Es parecido a lo que pasa con el opio, que tiene distintos alcaloides y cada uno de estos alcaloides es ligeramente diferente. El TCH tiene muchas acciones. En primer lugar, las psicológicas o neuropsicológicas, que controlan el movimiento, por esto se están investigando en enfermedades como la de Parkinson. Controlan sobre todo movimientos de tipo espasmódico, de modo que muchas de las contracciones musculares que tienen algunos enfermos crónicos, como los de esclerosis múltiple, también responden a la administración de THC”.
“Y tiene muchos otros efectos de los que se investigan sus usos terapéuticos”, prosigue Laporte. “Se está investigando en traumatismos craneales graves, en lesiones neurológicas, y los ensayos clínicos que se están realizando dan resultados muy esperanzadores. Parece ser que preserva el daño neuronal, que tiene un papel protector en las neuronas en desarrollo y crecimiento. Los cannabinoides que fabricamos, entre otras cosas, parece que regulan la navegación cerebral. Todo son datos de animales de investigación, tampoco se puede decir que el que fume será más inteligente ni nada similar; hay muchos pasos desde lo que se ve en experimentación hasta lo que se puede aplicar”.
Otro participante ante las cámaras, Jordi Cebrián, periodista especializado en la materia, contrarresta la avalancha de usos terapéuticos citando un texto de José María Mendiluce que, desde una perspectiva humanista, glosa las propiedades del cannabis llamándolo “superador de timideces varias, agilizador de sensualidades, relajador de rigideces y tensiones, estimulante para el deleite musical, incitador de creatividades diversas, motivador de la comunicación de intimidades, promotor de amistades inolvidables, contribuyente para vidas maritales exitosas, generador de ilusiones benignas, compañero de viajes irrepetibles, activador de recuerdos olvidados, amnésico para torturas del pasado e inductor de nobles pensamientos”.
Si tan maravillosa es la maría, ¿por qué sigue prohibida? Según las sanciones administrativas que reciben en sus domicilios paternos muchos adolescentes pillados en un parque haciéndose un mai con los coleguitas, porque su consumo a la vista atenta contra la salud pública. Laporte contradice esta idea al detallar que “según la Organización Mundial de la Salud, la salud no es sólo la carencia de enfermedad sino un estado de bienestar físico, psicológico y social. Preguntemos a los consumidores de cannabis si al fumar un porro no tienen una sensación de bienestar físico, psicológico y social. La salud es un concepto con muchos ingredientes, pero muchas veces se habla sólo de salud física. El problema no es si se debe consumir alcohol, tabaco y otras drogas, sino que la gente aprenda a disfrutar de lo que tiene a su disposición”.
José Luis Felis, juez que sufre a diario el oneroso trámite de denuncias por tenencia -y portavoz de Jueces para la Democracia-, se muestra más claro todavía: “De entrada, no es verdad que el tráfico de drogas tenga relación directa con la salud pública, como reza el capítulo donde se integra ese precepto. Yo creo que es otro, que guarda más relación con el orden público y la seguridad ciudadana, pues la droga es muy cara y para conseguirla se cometen delitos contra la propiedad. El que se hable del tráfico de drogas como un delito contra la salud pública entra en contradicción con un principio elemental, que manejan con normalidad las normas sanitarias, y es que un adulto tiene derecho a someterse o no someterse a un determinado tratamiento médico, la voluntad del individuo cuenta también para aplicarle o no ciertos remedios terapéuticos. En ese sentido, es una hipocresía hablar de salud pública para reprimir el tráfico de drogas”.
Felis participó hace más de diez años en una reunión del Grupo de Estudios de Política Criminal formado por más de ochenta magistrados, fiscales y catedráticos de derecho penal de toda España- donde se planteó una propuesta de legalización de la marihuana. Posteriormente se han ido produciendo adhesiones a ese manifiesto sobre una política distinta de drogas, que diferencia la marihuana y propone que tenga el mismo tratamiento que el tabaco o el alcohol.
Se ha dicho que la marihuana no crea adicción física -como sí lo hacen las llamadas drogas duras, en todo caso psicológica. “El problema es definir qué significa adicción, esto para empezar”, propone Laporte. “Los defensores de la marihuana siempre la comparan con el alcohol y el tabaco, porque es menos nociva. Depende de como lo mires, y sobretodo depende de cuanta tomes, como en todo. Ahora bien, ¿que quiere decir ser adicto? La O.M.S. procura evitar ese término cuando se habla de marihuana como droga. El concepto de adicción tiene significados muy laxos, se debe hablar de dependencia y sobretodo de dependencia física. Un fumador crónico de marihuana, cuando deja de fumar, ¿tiene una enfermedad?, ¿le produce dicha enfermedad mucho sufrimiento e incluso un riesgo de muerte? Se ha dado algún caso, muy raro, y no presentaba sintomatología de dependencia”.
Según Jordi Cebrián, “la dependencia debe ponerse en un contexto. Un estimulante socialmente tan inofensivo como el café produce a partir del uso crónico un síndrome abstinencial muy importante, que se manifiesta en grandes dolores de cabeza y toda una serie de malestares muy evidentes. Y ya no hablemos del síndrome abstinencial por alcohol, que en algunos casos puede llevar a la muerte. Tanto la dependencia psicológica como la física se deben situar en un contexto social. ¿Es perjudicial para el cuerpo?, esa es la pregunta. Lo del anuncio de televisión donde sale un tío comiendo huevos con chorizo para desayunar, comer y cenar. ¿Son malos los huevos con chorizo? Si se hace un uso abusivo, seguro. Es cuestión de medida y conocimiento, como en todo. En el caso de la marihuana, está claro que ninguno de estos posibles daños parecen justificar la persecución legal y policial que ha tenido. Además, la prohibición no es un fenómeno neutro, sino un fenómeno con importantes efectos secundarios, de adulteración, de corrupción del sistema, de criminalización del usuario”.
El Plan Nacional sobre Drogas, con el inefable Gonzalo Robles al frente, combate este proselitismo de la marihuana con refutables informaciones médicas. Se dice que su consumo causa la pérdida del cuarenta por ciento del sistema de defensa contra infecciones, produce taquicardia, cáncer de pulmón, lesiones cerebrales, y se cree que puede dañar los cromosomas. Para el catedrático Laporte, esta discusión acerca del daño cromosomal genético sobre la descendencia “terminó hace quince años con la aparición de un estudio donde se comparaban los efectos por separado del tabaco y la marihuana, y lo que se vio es que lo que provoca alteraciones cromosómicas es el tabaco, que altera hasta un quince por ciento de los espermatozoides. También se habla de efectos pulmonares: sin embargo, quien fuma porros, fuma entre uno y siete al día; quien fuma tabaco supera esa cifra y por lo tanto está expuesto a más humo. Y no hay estudios a largo plazo que demuestren que un fumador sólo de marihuana tenga riesgo de cáncer de pulmón”.
En cuanto a las infecciones, los estudios epidemiológicos hechos en Estados Unidos -pagados con fondos públicos -no han podido demostrar que haya una incidencia ni siquiera en los catarros, en cambio, sí se demuestra que los hijos de fumadores de tabaco tienen tres veces más faltas escolares. Más importante, según Laporte, es que “no hay disminución de función cognitiva, aquella que si falla nos puede llevar al Alzheimer o la demencia, asociada al uso de la marihuana. La taquicardia es cierta, pero también te la da una carrera repentina por la calle, y no es en si misma mala. La pérdida de memoria también es cierta. Fumar un canuto, está comprobado, hace que te olvides de las cosas más inmediatas, pero asimismo está demostrado que fumar no disminuye la memoria a largo plazo”.
La legislación sobre consumo y tráfico de drogas es reciente, por lo que la marihuana fue planta de curso legal hasta 1961, fecha en que tuvo lugar la convención única de estupefacientes de Naciones Unidas, donde se apostó por el derecho penal como arma para combatir el emergente fenómeno de las drogas. En tan sólo cuatro décadas se han demonizado sustancias y prohibido su cultivo, elaboración y consumo. ¿Cuando ocurrió esto en España, país donde en el siglo XIX se expendían remedios derivados del hashis y en el que los legionarios le dan a la grifa desde siempre?
“Fue en 1970, hace cuatro días”, aclara J.L. Felis. “Como resultado de esa convención de Naciones Unidas se regula como tal el delito de tráfico de drogas, estupefacientes y sustancias tóxicas. Siguieron otras convenciones, la última la de 1988 sobre tráfico ilícito de estupefacientes y sustancias psicotrónicas, en cuyo preámbulo ya se avanza algo muy interesante: que ese tráfico ilícito genera considerables rendimientos financieros, y grandes fortunas, que permiten a las organizaciones delictivas transnacionales invadir, contaminar y conocer las estructuras de la administración pública, las actividades comerciales y financieras lícitas, y la sociedad a todos sus niveles. En consecuencia, podría decirse que algunas leyes penales son criminógenas, es decir, que provocan más delitos de los que pretenden evitar. Eso es lo que pasa con la regulación del tráfico de la marihuana. Se prohíbe algo que es difícilmente controlable por los instintos humanos, como es la necesidad que sienten algunas personas, bastantes por lo que parece, un colectivo social importante, de evadirse, de autoconocimiento, de placer, de transgredir los límites más groseros de la realidad cotidiana, esa necesidad que históricamente se conoce en muchas culturas ancestrales. Yo creo que la prohibición absoluta de esos productos, además con una sanción penal que vulnera, lesiona o atenta contra los derechos más fundamentales de la persona, como puede ser la libertad, es contraproducente. Cuando eso ocurre, una de dos, o bien es ingenua, o se impone de muy mala fe”.
En 1992, esa mala fe tuvo como aliada la nueva Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana presentada por los socialistas, defendida por el hoy dimitido ministro Corcuera -de quien tomó su acepción popular- y aprobada por las Cortes. Una ley de “patada policial en la puerta” que los tribunales declararon inconstitucional pero sigue aplicándose. J.L. Felis: “En el código actual, en el pomposamente llamado Código Penal de la Democracia, del año 1995, se hace una regulación omnicomprensiva de una serie de conductas muy variadas, adelantando la barrera punitiva, la barrera sancionadora, la barrera penal, a un cajón de sastre. El artículo 378 no define lo que sea droga, como tampoco lo hacía ninguno de sus precursores. Con esto lo que se consigue es una inseguridad jurídica, es decir una conculcación del principio de inseguridad jurídica, que es uno de los pilares fundamentales de cualquier estado de derecho moderno. En al ámbito penal tiene su correlato más directo en el principio de legalidad que precisamente exige que el legislador defina de una forma concreta, clara, cuales son las conductas que quedan bajo la sanción penal para que, un ciudadano, antes de incurrir en esa conducta, sepa exactamente a qué atenerse. Eso no lo hace la legislación penal en absoluto, y por lo tanto la marihuana queda incluida dentro de esa tan genérica formulación”.
¿Cómo vencer definitivamente este absurdo? Los antiprohibicionistas sueñan con una concentración masiva en Madrid, con autocares venidos de todos los puntos geográficos del estado, pero el problema siguen siendo los políticos, ¿la tomarían en cuenta cuando, por ejemplo, se pasan por el forro a los agricultores? La solución a largo plazo, pues la legalización si bien más próxima que hace veinte años todavía parece quedar lejos, pasa por educar a la sociedad y remediar errores históricos. “Se necesita una campaña de información objetiva, seria, veraz, que acabe con una serie de prejuicios sobre el tema absolutamente injustificados”, concluye el magistrado Felis. “Desde mi experiencia profesional diaria yo me encuentro con una frecuencia aterradora, y me quedo alucinado, con que tratas con personas que parece que deberían ser los que tuvieran un conocimiento sobre el tema, y hablo de jueces, policías, médicos, políticos, y hay una ignorancia atroz de lo que se está hablando, cuando no manipulación y tergiversación. Es el momento de plantear como acabar con esta situación trágica”.

UN INVENTO GENUINAMENTE AMERICANO
Un dato verificable: la Unión Europea está destinando ochocientas veces más fondos en ayudar a los agricultores de tabaco europeos que a las campañas contra el tabaquismo. Qué extraordinaria hipocresía. Otro dato verificable: el incremento del uso del tabaco en el tercer mundo está costeando las sanciones multimillonarias de las tabaqueras Norteamericanas, y así el tercer mundo está financiado el sistema sanitario más ineficaz del mundo. Qué terrible paradoja. Así se escribe la historia. Y así se ha escrito la historia de las drogas. Con engaños, doble moral y paternalismo.
La prohibición de la marihuana tiene su punto de partida en Estados Unidos en 1937, con la Marihuana Tax Act, y se fundamenta en un rechazo de la población inmigrante que llega al país a finales del siglo XIX y principios del XX. “Cada minoría va asociada a una droga”, recuerda Jordi Cebrián, “los irlandeses al alcohol, los mejicanos a la marihuana, los negros a la cocaína y los Chinos al opio. Las primeras descripciones de la peligrosidad de estas drogas que aparecen afirman que la cocaína hace a los negros inmunes a las balas, que los mejicanos se convierten en violadores cuando fuman marihuana, que los chinos con el opio corrompen a los jóvenes, etc. Hay otra teoría de carácter económico en cuanto a la marihuana: la industria del cañamo como productor de papel o productor textil era muy importante en Estados Unidos y, en el momento en que aparecen las fibras sintéticas, supone una gran competencia. Esto hace que determinados grupos de interés, que son justamente los que controlan los medios de comunicación, hagan una campaña fortísima y basada en mentiras, curiosamente no excusada en la salud pública sino en la idea de que la marihuana promovía la violencia y era causa de asesinatos y masacres”.
La fría mezquindad del sistema, y la ingenuidad del ciudadano estadounidense de la época, plantaban una mentira todavía irreparada. Acusar a la hierba sabia -uno de los recursos naturales más antiguos y productivos de la humanidad- de motivar violencia, cuando produce todo lo contrario, relajación y entendimiento, era una canallada, pero la juventud norteamericana debía ser salvada a toda costa de esa plaga que no sólo aquejaba a los inmigrantes mejicanos, sino también a los escritores beat y músicos de jazz, y al pionero folk Jimmie Rodgers, que desde los trenes lanzaba semillas para que los arcenes de las vías florecieran con el mágico arbusto. Sin embargo, como en las espinacas de Popeye, detrás había intereses económicos.
“Tampoco es ajena la prohibición al hecho de que Estados Unidos es un país productor de alcohol y tabaco”, concluye José Luis Felis. “Ha obedecido a razones de colonialismo económico el hecho de que Estados Unidos, a través de grandes compañías multinacionales, estuviera interesado en introducir el consumo de alcohol y tabaco en otros ámbitos culturales donde se consumían otro tipo de drogas. Hay en ese sentido una táctica capitalista de expansión de mercado. La prohibición de la marihuana es un invento genuinamente americano. Estados Unidos lleva el tema a la Sociedad de Naciones tres veces hasta lograr que se prohíba internacionalmente. Al final se incluye en las cuatro listas iniciales de la convención de 1961, una convención que no tiene las más mínimas garantías científicas, no se habla por ejemplo de anfetaminas, ni de barbitúricos, y en cambio se habla de marihuana. ¿A qué viene ese disparate? Los países occidentales, y en concreto los de la Unión Europea, han pecado de servilismo a los intereses del amigo americano. Sería bueno que nos planteáramos un desmarcaje, una política propia”.

HOLANDA, LIDER ANTIPROHIBICIONISTA
“Todo lo que llevo puesto está hecho de cañamo: mi chaqueta, mis pantalones, mi ropa interior, mis calcetines, incluso mis zapatos”, le gusta alardear a Ben Dronkers, propietario de la empresa de venta de semillas The Sensi Seed Bank y responsable del Hash Marihuana Hemp Museum de Amsterdam. Este hombre no sólo defiende la legalización con el carácter amable y tolerante de los holandeses, se ha hecho de oro gracias a la dichosa planta. Es un próspero industrial del cáñamo y sus semillas tratadas genéticamente reproducen plantas que tienen todo tipo de usos, principalmente en agricultura e industria, también en los departamentos de investigación de varias universidades europeas, estadounidenses y australianas. Además, claro está, ofrece variedades de altísima potencia para los gourmets del humo cannábico.
Lo que nos recuerda el ejemplar caso de Holanda, motor de la legalización en Europa como sabe cualquiera que se haya paseado entre los canales de Amsterdam disfrutando de los productos de sus civilizadas coffee-shops. Sin embargo, contra el tópico, debe aclararse que la marihuana no es totalmente legal en Holanda. Hasta el pasado junio se vivía una tolerancia fruto de una ordenanza de la fiscalía que minimizaba la importancia del cannabis para separarlo de otras drogas más nocivas, lo que permitía el consumo y el pequeño comercio en esos establecimientos. Actualmente, tras ser aprobada una moción en la segunda cámara del parlamento, se quiere permitir a los propietarios de los coffee-shops la compra a un cultivador regularizado, lo que les permitiría apartarse del mercado negro. El ministro de justicia se opone aludiendo que sería imposible defender esta situación ante el resto de los países europeos. Francia, en especial, siempre se ha mostrado muy beligerante al respecto.
“La discusión no tiene lugar sólo en Holanda y España”, afirma Dronkers, “sino en Suiza, en Inglaterra, en toda Europa. En el museo del cañamo que regento se comprueba que esta discusión podía haberse producido hace mil años. Los usos médicos se conocen desde la antigüedad y la historia de países como España y Holanda no sería la misma sin el cañamo. Todos aquellos barcos que descubrieron continentes y trazaron nuevas rutas, protagonistas de las aventuras de Colón y otros, no hubieran sido posibles sin el cañamo: las cuerdas, las velas, la ropa, los utensilios, casi todo en ellos procedía del cañamo”.
La Unión Europea debería sopesar los espectaculares resultados holandeses a nivel de salud pública, pues Holanda es el país de la Unión con un menor índice de SIDA gracias sin duda al control y tratamiento de sus toxicómanos. O tomar nota del comportamiento de los hooligans ingleses cuando sus equipos de fútbol visitan Holanda: actúan pacíficamente gracias a la inhalación de los apreciados productos cannábicos, lo contrario de cuando invaden beodos Bélgica, donde sólo pueden darle a la cerveza. O, sencillamente, escuchar las razones ecológicas que aportan activistas como Dronkers.
“Sabemos que tenemos un serio problema de calentamiento global y que este tiene que ver con el oxígeno y el C02”, explica. “Con el cañamo podríamos producir tanto oxígeno como la Amazonia. Esta planta no necesita insecticidas, ni pesticidas, es totalmente ecológica; es buena en alimentación, pues produce un aceite excelente. No es un enemigo, sino el mejor de los amigos. No sólo es un buen negocio para mí, también podría serlo para todos esos agricultores europeos que hoy se encuentran en tan mala situación. Quemamos combustibles minerales que llevan enterrados millones de años y están contaminando la atmósfera, cuando el cañamo puede producir un combustible más limpio. Sabiendo todo esto, debemos luchar para legalizarla. Llevo treinta años fumando marihuana y tengo el museo desde hace dieciséis, me he entrevistado con muchos políticos y mi pregunta siempre es la misma, ¿por qué? ¿Por qué está prohibida?”.