COCAINA: BLANCO NUCLEAR
LA FARLOPA SE CONSUME DE TODAS LAS MAN ERAS POSIBLES Y EN CUALQUIER AMBITO SOCIAL. NUNCA PASA DE MODA Y SU USO RECREATIVO SE EXPANDE SIN TREGUA. MAS O MENOS PERJUDICIAL QUE EL ALCOHOL, AMANTE DILIGENTE O PERRA DESTRUCTIVA, UNA COSA ESTA CLARA DE LA COCAINA: ES LA SUSTANCIA ILEGAL MAS CODICIADA DEL PLANETA.
Texto: Jaime Gonzalo.
Todos los farlópodos coinciden en una cosa, lo peor de la perica es que se acaba, con el fastidioso agravante, por ende, de hacerlo demasiado pronto. ¡A cuántos episodios patéticos de busca y captura habrá precipitado la consternadora visión de una papelina súbitamente vacía!, ¡qué desesperada vileza no habremos estado dispuestos a cometer con tal de procurarnos más polvos, aunque su aspecto y sabor sean sospechosamente idénticos a los del yeso molido! Por muy servido que vayas, toda oposición es inútil. Tampoco vale dárselas de estrecho y repetirse aquello tan iluso de “esta noche ni un tirito, una copa y a casa”. Ante la sola mención de la palabra fatal, !coca!, los ladridos de los Chuchos de Pavlov empiezan a propagarse por nuestros neurotransmisores con acaparadoras resonancias. El mensaje es prístino: el mundo es una roca y hay que esnifársela. Como el marino atraído por el canto de las hijas de Aquelao y Calíope, no tardas ni esto en acudir al dulce reclamo de la perdición. Después, ya se sabe lo que ocurre. Una vez se calienta el narigo no hay quien lo detenga. Nunca tiene suficiente. No sabe decir basta. El único limite lo pone el cansancio físico, el hastío psíquico o la finiquitación de las existencias, que suele ser el motivo más común por el que uno deja de meterse hasta nueva orden.
Nada que objetar a esa condición de plantígrado hormiguero a la que todos, en un momento u otro, nos vemos arrastrados más a menudo de lo que nos gustaría aceptar. Cada uno es muy libre de excederse y dar cuartel a sus demonios interiores como mejor le plazca. Pero, efectivamente, Blancanieves es una golfa muy golosa, tanto que a la que te descuidas te licantropiza en un aspirador compulsivo, un ser poseído que en verdad puede reclamar la patente sobre el pensamiento único: meterse otro tiro lo antes posible. No descubro nada a quienes, con recato o sin él, llevan tiempo administrándose esta droga de manera más o menos regular. Requiere una gran voluntad darse por saciado, ¡de qué si no se la consideraría un vicio! La coca engancha, cierto, pero no más que la hipoteca inmobiliaria, el fútbol, el tintorro, las grasas saturadas, los fármacos autorizados, las tragaperras o la sociedad de consumo. ¿Qué mata? Todo en exceso lo hace, incluso los alimentos con conservantes cancerígenos y la contaminación ambiental. La vida en general mata, y no por ello la prohíben. Son sólo oscuros intereses del capitalismo –imaginemos el poder económico y de decisión política que obtendrían ciertos países latinoamericanos de legalizarse la cocaína, o la de productos farmacéuticos que caerían en desuso- lo que discrimina a esta sustancia con respecto a otras afines, susceptibles de ser consumidas en la legalidad previa liquidación de gravámenes fiscales al Estado.
Con la coca, igual que ocurre con todas las drogas, el verdadero problema -aparte de entenderla como necesidad y no como complemento- es la desinformación O información tendenciosa que tanto conviene a la doble moral de la sociedad materialista, desarraigada de la naturaleza y sus fuerzas, programada en la credulidad para obedecer sin cuestionar. Existiendo lo que llaman “libertades civiles”, sería de recibo explicar no ya los riesgos que implica el consumo de una droga, que por otro lado lleva conviviendo con la humanidad desde antiguo, sino la manera de consumirla correctamente y, de ese modo, relativizar sus peligros. En vísperas del pasado verano, el Sistema -al que, recordemos, no le inquieta nuestra salud sino nuestra productividad y los gastos que podamos acarrear a la Sanidad Pública- daba aviso sobre lo que es una realidad desde hace ya lustros, Politoxicómana por naturaleza, la juventud española cada vez se decanta más hacia la nieve. Menudo descubrimiento. Lleva, la farla, casi dos décadas ostentando el título de droga más solicitada del país. Antaño privilegio de iniciados, pudientes y hampones, a partir de los 80 pasó a ser frecuentada por las masas en su más amplia extensión: desde el lumpen hasta la alta burguesía y el abisal espectro de la clase media y aledaños. Lo cual nos aboca a una realidad miserable, el auténtico drama. Siendo la demanda descomunal, la oferta lo aprovecha.
Encontrar hoy día cocaína con un 50% de pureza es un milagro mariano. Lo habitual, si uno no dispone de contactos y pasta gansa, es dar con porquerías, quién sabe hasta qué grado dañinas, donde a lo sumo se diluye un 5% de alcaloide. La amenaza de la coca en realidad no existe, desde el momento en que la propia sustancia dejó de ser tal en un pasado muy, muy lejano. El adulterado placebo que actualmente circula por el mercado negro, la denominada coca comercial, es un compendio de anfetaminosas sustancias no identificadas disfrazado con laxantes y procaína, lidocaína, benzocaína u otros anestésicos sintéticos. Por lo tanto, insistamos, lo que debe preocupar es precisamente la despreocupación y des-educación con que la ciudadanía se raya. Ante la promesa de una gratificación instantánea, pocos se plantean la turbia procedencia de aquello que con tanto ahínco inhalan, fuman o se inyectan. En consecuencia, la calidad desciende, el organismo se resiente y los precios se disparan astronómicos.
Naturalmente sigue habiendo farla de ley, pero llegar a ella es cada vez más prolijo y costoso. Claro que el esfuerzo lo vale si se tiene el morro fino o se aprecia en algo las neuronas. Abres la papela y una penetrante fragancia emana capciosa desde el cristalino montículo de ala de mosca. Escamas puras, o en su defecto rocas macizas de grasienta consistencia diciendo “pruébame y verás”. Una sola raya te pone a tono, (sólo objetivamente) no son necesarias más. Sin taquicardias ni sofocones, de una manera limpia, natural. De exponerse a lo desconocido, puede el usuario darse por afortunado si sólo le produce jaqueca, sopor o indiferencia. Pese a la desvirtuación de su composición, o por ello mismo, la aceptación social de la Dama Blanca es cada vez mayor. Para muchos es un sinónimo de estatus que todavía marca diferencias, un estimulante de viernes-y- sábado cuyos eufóricos efectos proporcionan el poder de lo ilusorio. La inmediatez de esos efectos, el clandestino ritual de rayarse, la ficticia sensación de bienestar y de encontrarse por encima de todo (aunque en realidad se esté por debajo de nada), son aspectos más que suficientes para explicar su vigencia en un sistema que alimenta y propugna los estímulos pasajeros, la insatisfacción personal y el vacío mental. Todo esto y muchas más cosas es la perica, dependiendo siempre de cada individuo.
La mayoría de consumidores que conozco son usuarios de fin de semana, aunque también los hay que se meten una raya cada día antes de ir a trabajar o varias mientras trabajan. A unos les gusta compartir porque necesitan exteriorizar la ebriedad y hacerse colega del mundo entero, otros prefieren quemarla a solas porque se les cruzan los cables y pueden acabar partiéndose la cara con el mundo entero. Los hay que siempre convidan y los hay que siempre gorrean. Están los que dicen que pasan y se ponen hasta el culo cuando es otro el que afora y los que se autoengañan porque no saben reconocer que se les está yendo de las manos. Los que se la meten porque se sienten infelices y los que se la meten porque les gusta. Los que al día siguiente despiertan con un repugnante sentimiento de culpa, jurando no reincidir nunca más para quebrantar la promesa al cabo de nada, y los que al día siguiente vuelven a ponerse tan ricamente nada más saltar de la piltra, o sencillamente ni siquiera llegan a meterse en el sobre porque no hay dios que cierre los ojos y han empalmado. Quien se pone paranoico y quien se pone pelmazo. Quien compra “amigos” con ella y quien se rebaja a sicofante por ella. Los que ni se les nota y los que derrapan por la mandíbula. El que acaba pillándose fumando pasta base y el que sabe que a la postre menos es más.
Hay pues tantas razones para desearla como para repudiarla. De todos los detractores que tiene la cocaína, sin embargo, el que menos razón lleva es aquel que la desprecia por considerarla una droga frívola, intelectualmente estéril y poco “glamurosa”, en concreto en comparación al caballo. No pongo en duda que la coca le contagie a uno de una charlatana estulticia disfrazada de autocontrol liberado, puede que incluso le embrutezca y siembre su cerebro de fuegos artificiales que anulan cualquier voluntad de crear más allá de lo inconexo, reduciéndole al estúpido escalafón de infraser. Pero, por favor, que no venga ningún listo diciendo que la heroína, precisamente, es una droga creativa. Las personas son creativas o no lo son, las drogas sólo son recreativas. Estas últimas, son productivas o destructivas únicamente en función de lo que quien las usa quiere o decide que sean. En el caso de la farlopa, está claro que se trata de una droga lúdica con aplicaciones limitadas: no sirve absolutamente para nada que no sea ponerse. La coca es monotemática. Su gratificación consiste únicamente en activar el deseo de más y reducir el momento a una dentellada de ansiedad que te roe por dentro. Si eso es o no pernicioso dependerá también del sentido común de cada uno, de su noción de la realidad y capacidad para asimilar que en esta vida todo tiene un precio. El destino final del viaje cocaínico pasado de dosis no es siempre agradable, es más, suele desembocar en el asco. Son esos momentos de derrota y soledad idóneos para pensar en aquellos versos de Baudelaire: “Junto a mi sin cesar se agita el Demonio; como aire impalpable a mi alrededor va nadando; me lo trago y así mis pulmones quema y los llena de deseo eterno y culpable. Así me conduce, jadeante y muerto de cansancio a las llanuras hondas y desiertas del Hastío”. Claro que el del arrepentimiento, tal que el del propósito de reformarse con que concluye toda reflexión de bajada, es un estado efímero como la existencia misma. ¿O no?
MAS BARATA QUE EL AZUCAR
Se intentó contar con la colaboración de Antonio Escohotado para enriquecer este trabajo con su docta sapiencia, pero el hombre nos dio tres poderosas razones para negarse: está harto de hablar de drogas, tiene problemas personales que resolver y un día de estos se va a vivir a Tailandia. Siendo la suya una de las más objetivas aproximaciones científicas al tema de la droga, resulta concluyente una lectura atenta, siempre didáctica, de títulos de su bibliografía tan populares como “Historia General de las Drogas” (Alianza) y “Aprendiendo De Las Drogas” (Anagrama). De este último ha sido tomado el siguiente extracto:
“El principio psicoactivo de la coca fue descubierto en 1859. Poco después médicos y laboratorios recomiendan ya la cocaína como “buen alimento para los nervios”. No se había conocido nunca una campaña promocional como la orquestada por diversos fabricantes en todo el mundo; uno de los lemas comerciales decía: “no pierda tiempo, sea feliz; si se siente pesimista, abatido, solicite cocaína”. Diversos escritos de Freud contribuyeron decisivamente a la popularidad del fármaco. Hacia 1890, cuando se descubre la posibilidad de inhalar la droga en polvo (previamente se empleaba por vía subcutánea, intramuscular, intravenosa y oral), los usuarios pertenecían a todos los sectores sociales. Era corriente en reuniones de alta sociedad, en el mundo artístico y entre la clase media. Su empleo como anestésico local había revolucionado la cirugía menor no menos que la odontología. En 1901 se calcula que el 30% de los cocainómanos inveterados en Estados Unidos son dentistas. Sin embargo, lo que escandalizaba allí eran consumidores bohemios y lumpenproletarios de diversa índole, así como la entusiasta acogida prestada al producto por parte de los negros. Las medidas represivas, que empiezan a ser eficaces hacia los años 30 de este siglo, tendrán al principio una sorprendente aceptación. Sin embargo, empezaban entonces a inundar el mercado las anfetaminas, estimulantes más baratos y mucho más potentes. En cuanto empiece a restringirse la circulación de anfetaminas -hacia mediados de los años 60- estallará otra vez la popularidad de la cocaína.
“La teoría más común para explicar sus efectos supone que no libera reservas de ciertos neurotransmisores, como sucede con las anfetaminas, sino que impide su reabsorción una vez liberados. Parece activar ante todo el sistema simpático, al que se atribuye el mantenimiento del organismo en estado de alerta para hacer frente a cambios externos: activa también el hipotálamo, centro al que se atribuyen la regulación del sueño, la temperatura del cuerpo y las reacciones de cólera y miedo. Por vía nasal, la dosis activa mínima suele cifrarse entre los 1.2 y 1.5 gramos para alguien de unos 70 kilos. Eso significa que el margen de seguridad es alto: 1 a 50. Como resulta prácticamente imposible hoy obtener cocaína pura en el mercado negro, semejantes datos sólo tienen un interés teórico.
“A pesar de los riesgos objetivos, mientras el producto estuvo disponible en formas puras o casi puras no hubo apenas episodios mortales. En 1920, por ejemplo, sólo se produjo un caso de sobredosis fatal en Estados Unidos, aunque estuviera ya prohibida. Salvo error, no se ha descubierto todavía un modo barato de producir cocaína sintética. Es por eso más cara que otros estimulantes. Sin embargo, el precio de elaboración sigue siendo ridículo comparado con los del mercado negro. En 1925 el gramo de clorhidrato puro se vendía en las farmacias españolas al precio de 4 pesetas, mientras el kilo de azúcar valía 2. Hoy resulta prácticamente imposible de encontrar; formas no refinadas, y mucho más tóxicas, del alcaloide se venden a cinco mil veces ese precio.
“(Cuando pasa a inhalarse) la costumbre social será hacer dos líneas por persona, como actualmente, mientras va adquiriendo connotaciones de droga selecta y a la moda, para triunfadores o aspirantes a dicho estatuto. La absorción nasal es levemente inferior a la subcutánea e intramuscular, y puede irritar el cartílago sin cierta profilaxis. Los efectos son básicamente los antes expuestos, con una expansión del tono psicofísico que puede hacernos comunicativos y hasta audaces, aunque desde el autocontrol. Sucesivas administraciones no alterarán estas coordenadas, mientras el sistema nervioso evite verse abrumado por una excitación excesiva; semejante cosa la delatan síntomas como calor y sudoración súbita, gran sequedad de boca, sensaciones de agarrotamiento muscular, rechinar involuntario de dientes, verborrea, fuga de ideas e irritabilidad difusa”.
DE RESACA CON LA “FÉE BLANCHE”
Nunca será peor que las provocadas por anfeta y orujo, pero tampoco es ninguna ganga una resaca de farla. No se encuentra descripción más precisa de ese decadente estado que la apuntada por Stanislaw Ignacy Witkiewicz en “Narcóticos” (Circe). Escrito en 1930, dicho ensayo es una irónica, aguda relación de las experiencias del autor con diferentes estupefacientes a fin de potenciar la creatividad. Dramaturgo, novelista, artista plástico, teórico del arte, filósofo y fotógrafo, Witkiewicz es uno de los puntales más malditos de la intelectualidad polaca de entreguerras. Mito del artista hecho carne, se suicidó en 1939 coincidiendo con la entrada de las tropas soviéticas en Varsovia. Su literatura es un eminente despliegue de impertinencia crítica y ferocidad analítica, un erudito manotazo de desprecio y disgusto hacia la sociedad de su época y especialmente los círculos artísticos e intelectuales. Su rememoración de los distintos pasos del descenso a los infiernos post-cocaínicos -en el siguiente extracto del citado libro sobre los narcóticos, sus usos y abusos puede parecemos tremendista, pero cabe suponer que en aquellos tiempos la calidad del producto -todavía legal, aunque por poco tiempo- sería superior, seguramente casi pura. Por otro lado, Witkiewicz tampoco especifica que cantidad es necesario ingerir para acabar en tan lamentables condiciones.
“Al parecer, una de las peores porquerías entre los llamados “delirios blancos”, los narcóticos de “rango superior”, es la cocaína. No pienso describir aquí los agradables efectos de este veneno, puesto que, por desgracia, el lector podrá encontrar la descripción de los mismos en mi novela “Adiós Al Otoño”... Así pues, debo añadir una vez más que las primeras impresiones suscitadas por la cocaína son ilusorias y, en segundo lugar, que no cumplen las promesas que llevan a cabo. Es posible, como algunos afirman, que el consumo prolongado de la misma proporcione algo diferente. Sin embargo, no deseo a nadie la experiencia de dicho proceder, atendiendo a los efectos del cocainismo inveterado que he podido observar en más de uno de mis conocidos. Tomarla a modo de experimento puede ser llevado a cabo por una persona, excepcionalmente resistente a la adicción (entre las cuales, contra la opinión general, debo contarme a mi mismo) y, además, una persona a quien dicho experimento pueda reportar algo en otras dimensiones como, por ejemplo, las artísticas. Sin embargo, considero una gran frivolidad la prueba por simple diversión de este peligroso medio, así como, por el contrario, tengo por unos dementes a aquellos que lo consideran no apto y hasta diría que “indigno” de dicha prueba. Desgraciadamente, el hombre cocainizado (como, por otra parte, cualquier persona que padezca alguna adicción: recordemos esos repugnantes “atentados” contra uno mismo de “una copita más”) tiene la tendencia a elevar a todo quisque al nivel de su propio paradis artificiel. Y eso es capaz de llevarlo a cabo alguien que, ante esa misma idea en estado sobrio, se estremecería de indignación. Sucede así porque: uno, ciertos momentos del aturdimiento suscitado por la cocaína son realmente muy agradables y es posible desear procurar a alguien ese dudoso beneficio; y dos, la cocaína paraliza todos los medios autorrepresivos, forzando a menudo a llevar a cabo acciones de las que suelen ser denominadas indecentes.
“La peligrosidad de la cocaína reside no tanto en los placeres que proporciona como en la reacción desmesuradamente desagradable que sigue a su consumo. La cocaína posee la capacidad de dar lugar a una depresión tan real que de modo alguno resulta posible explicarse su procedencia y de esa manera neutralizarla. Durante la “resaca” etílica, esto resulta hasta cierto punto posible. Es posible distinguir los sinsabores reales, entonces considerablemente potenciados, empezando por el mismo fondo de desesperación y de general pesimismo, consecuencia de los efectos secundarios del abuso del narcótico. Con la cocaína no se alcanza este grado de distinción: uno se halla sumido en el meollo de la repugnancia del mundo y de la existencia en general. Las contrariedades más insignificantes crecen hasta alcanzar dimensiones de insalvables moles de fracasos, la sombra del presente, tan repugnante y deformado, se desploma sobre todo el pasado, haciendo del mismo una serie de terribles equívocos y sufrimientos sin sentido; por su parte, la idea del futuro bajo esa luz se convierte en una tortura in-to-le-ra-ble. La desvalorización de las cosas que hasta entonces han constituido el único objetivo en la vida, la repugnancia por las ocupaciones más nobles, la gangrena de las propias raíces del ser humano, he aquí el complejo habitual de las sensaciones que constituyen la “resaca” cocaínica. Dicho estado de cosas suele imponerse con una fuerza tan terrible que resulta imposible explicárselo como algo pasajero; se trata de una verdadera concepción del mundo con una estructura hasta tal punto lógica, la consecuencia de un ataque de todas y cada una de las esferas de la psique, que la lucha contra la misma se antoja algo sobrehumano y lógicamente insensato. O comerse la tierra o administrarse una nueva dosis de veneno: he aquí las dos únicas salidas. Es posible eludirlas mediante dosis colosales de bromuro, y despertar en un estado soportable, un estado de gris cotidianidad, algo como el sentido de ánimo experimentado en la sala de espera de algún ministerio. La “resaca” posterior a la cocaína excluye hasta dicha espera.
“Debo constatar que bajo el efecto de la cocaína en pequeñas dosis, y ello siempre en combinación con dosis de alcohol relativamente grandes, logré realizar ciertas cosas que en estado normal no hubiera sido capaz de llevar a cabo. Pero en cuanto al intelecto, la cocaína resulta un engaño aún mayor que el alcohol. No sólo no crea cosas nuevas, sino que tampoco produce valiosas conjunciones de elementos al fin y al cabo ya conocidos. Al aniquilar toda suerte de control. Sin proporcionar estados y concepciones metafísicas realmente nuevos, constriñe al anonadado sujeto a admirar como un insólito milagro la realidad más estúpida y vulgar. La cocaína destruye todos nuestros criterios. Solamente escuchamos a lo lejos, presas de una rabia impotente, las infernales risotadas de la “bruja blanca” que se mofa de nosotros y nos atrae hacia ulteriores orgías en su infernal compañía”.
SUPERMOSCA: REFLEXIONES DE UN DEALER
Siempre infamada por obvias razones, la figura del camello se desquitó al alcanzar rango heroico en la película “Superfly”, blaxploitation de culto (ver RUTA 68) cuyo protagonista, Priest, es un dealer de farlopa inusualmente descontento de su ventajosa posición. Su reflexión es esta: “Traficar es todo lo que el Hombre (blanco) nos ha dejado (a los negros)”. En consecuencia, quiere cambiar de vida. Los todopoderosos blancos que controlan el negocio le hacen saber que no aceptan dimisiones, a no ser por óbito, de modo que Priest se las ingeniará para pegarle el palo a la Mafia y hacerse con los beneficios de un importante pase de supermosca, la mejor perica de Harlem. Además de una formidable banda sonora de Curtis Mayfield, “Superfly” dio lugar a una adaptación literaria en formato pulp, donde Mr. Supermosca expresaba su particular filosofía dromedaria en los siguientes términos:
“Trapichear. En aso consistía todo. Poner tus manos en una coca supermosca, la mejor, rocas grandes como tu glande. Cortarla en dos o quizás en dos y medio... molerla muy fina. Destrosa, Lactosa y esa excelente cocaína... prima cocaína, como canta Mich Jagger. La nieve. El polvo feliz. El caramelo nasal. ¡Te pone a tope, te mantiene en marcha! De modo que, ¿y qué si te pudre el coco, te quema las membranas nasales y te agujerea al cerebro? Arriba, bien alto y ligero. “I wanna take you high...er!”. El viejo Sly si que sabe.
“Trapichear coca. Cortarla, embolsarla y repartirla. Los lugartenientes acuden al escondite. Un tranquilo apartamento en Bed-Stuy. Los negros van y vienen a cada minuto en Bed-Stuy. ¿quién reparará en otros tres? Vienen los mejores hombres, aquellos con contactos gordos. Cogen las bolsas más grandes, los “cuartos”, las “medias piezas”, las “piezas”. Todo lo que hay sobre la mesa es removido a golpe de cuchara. Ahora, fíjate. El lugarteniente lo cortará de nuevo antes de que salga a las calles. Lo cortará en un tercio, o, si se mueve a pequeña escala, puede que en un cuarto.
“Del dealer al lugarteniente y al camello. El camello es tu hombre en la calle; él siempre sabe quién quiere pillar para su uso personal. El camello es quien te empolva la nariz. Un poco cada vez, una bolsita por diez pavos. Quizás también mueva yerba, pastillas, para subir y para bajar. Qualude a lo mejor. El camello va allí donde se encuentra la fiesta, donde la gente quiere esnifar. Meterse un poco de coca. Las cosas funcionan mejor con coca.
“El camello la lleva al backstage de un concierto de rock, y delgados y melenudos chavales de camisas floreadas y pantalones acampanados, los dedos tamborileando nerviosos en los mástiles de sus guitarras, se meterán una raya. La música funciona mejor con coca.
“Esa joven y agradable pareja del West Village, que la monta cada noche y se trae amigos para que observen. El camello es bien recibido en su apartamento, porque el sexo funciona mejor con coca.
“El 14 de febrero le hice un regalo de San Valentín a mi chica, una cucharilla de coca envuelta en papel de plata con una nota donde le decía que siempre tendría un hueco en mi aparcamiento cuando necesitara un poco de coca y simpatía. Gracias, Stones.
“El camello va a los mejores sitios. Easthampton en verano, donde todos esnifan, los heteros y los gays y sus amigas artistas ricas y zorras. Pero no saben una mierda. Se colocarían esnifando azúcar si fuera eso lo que les vendías.
“Coca en Harlem, coca en Queens, coca en Bed-Stuy y en Park Avenue. Cole Porter no lo pasa bien con la cocaína, debe ser el único, querido. Todo el mundo se pone meloso cuando llega el camello. Puede haber sido cortada y puede engancharte, pero ¡mieeerda! ¿Quién quiere vivir para llegar a viejo cuando puedes vivir para ponerte ciego?
“De modo que, ahí viene, desde Sudamérica, de los Andes del Perú, Ecuador y Bolivia, donde los nativos mastican hoja de coca porque cuesta respirar y la energía disminuye por encima del nivel del mar. La refinan y la envían camuflada. Llega pasando por México y Florida. Algunos incluso la llevan en camiones hasta Canadá y la venden allí. Llega a onzas, libras y kilos. Para cuando toca la calle ha sido cortada y rebajada a saco. Pero la gente de la calle se coloca con ella. Y hace rico al camello. Y al distribuidor. Y al manufacturador de bolsitas de plástico. Y al Hombre, el corrupto, el Hombre que se esconde en su oficina, pretendiendo estar del lado de la ley, cuando en realidad está al lado del mismísimo Diablo. El Hombre se hace muy, muy rico. Y todo por un pequeño subidón, un pequeño subidón de polvo feliz. Colócate”.
¿QUE HAREMOS AL SALIR DEL CINE?
EL PRECIO DEL PODER
Pasen y vean al señor del cartel cubano en Miami, Tony Montana / Al Pacino, ascender y caer por una montaña de yeyo. Un Everest entero se mete, al final de la película, en la estufada más salvaje jamás filmada.
BOOGIE NIGHTS
Las aventuras de John Holmes en Pornofornia incluyen su inmersión en el abismo blanco. Rayotes de una longitud y grosor similares a los de su célebre miembro y secuencias de esperando-a-mi hombre desesperadamente verosímiles.
THE BOOST
Como “Días de Vino y Rosas” pero con farla en lugar de Baturrico. Un yuppie, James Woods, empieza esnifando para olvidar un mal negocio y acaba enganchado de lleno, perdiéndolo todo, incluso el control de su vida.
BAD LIEUTENANT
La corrupción empieza por uno mismo, en este caso un madero neoyorquino con serios problemas de conciencia, Harvey Kaitel, que se raya hasta para llevar a los niños al colegio. Decadencia absoluta.
UNO DE LOS NUESTROS
Ray Liotta no hace ni caso a la máxima sagrada –“nunca tomes de aquello con lo que traficas” y se pone hecho un basilisco. El tramo final del filme es una cardíaca, enloquecedora carrera contra el reloj de la paranoia. Se nota que Scorsese había estado pillado.
ARENAS BLANCAS
El productivo negocio del camello visto desde dentro. Susan Sarandon maneja las riendas de la empresa y Willem DaFoe es un chico de los recados que, al cumplir los cuarenta, se replantea su vida laboral.
HURLY GURLY
Sean Penn es un agente de casting que trabaja en Hollywood y discute sobre las mujeres, la amistad y el sentido de la vida mientras se pone perdido de farlopa y maría. Extenuante interpretación.
CARLITO´S WAY
Sean Penn es el abogado judío de Al Pacino y se mete aún más coca que en “Hurly Gurly”. Acaba tan desquiciado que se arriesga a jugársela a la Mafia pringando a su cliente y amigo. Hasta reventar.
ENTROPIAS EN EL LODAZAL DEL OLIMPO
Uno de los mitos más extendidos por la rumorología es el tabique nasal de platino del amigo Frank Sinatra. El enviciado mundo del pop está plagado de chismorreos acerca de la coca y lo malitas que pone a esas maleables criaturas llamadas, “estrellas”. La verdad, como siempre, emerge mucho más espantosa –la autodestrucción artística de Sly Stone, Marvin Gaye tiroteado por su padre-, especialmente cuando son los propios protagonistas quienes rememoran los espantos de la adicción.
MILES DAVIS: COMO EXTORSIONAR A UN CAMELLO
“Cuando no disponía da coca mi carácter se agriaba mucho y cualquier cosa acababa con mis nervios. No podía evitarlo. En aquella situación no escuchaba música ni leía nada. Si aspiraba coca acababa fatigándome y quería dormir, y para dormir tomaba píldoras. Pero incluso tomándolas no podía conciliar el sueño, y hacia las cuatro de la madrugada salía a vagar por las calles como un hombre-lobo. Paraba en cualquier local de horario tardío, esnifaba más coca. Entonces me marchaba, volvía a casa con una puta, esnifaba otro poco, tomaba una píldora para dormir. Todo se reducía a deambular a la deriva. Éramos cuatro personas, porque siendo géminis yo ya soy dos. Dos personas sin la coca y dos más con la coca. Uno de mis proveedores de coca era una mujer blanca. Un día yo no llevaba dinero y le dije que en otro momento se lo daría. Siempre 1e había pagado, y te aseguro que le compraba coca a montones, pero me respondió: “Si no hay dinero no hay cocaína”. Traté de persuadirle, pero no cedió. En esto llamó al portero por el interfono y le anunció que su novio subía a verla. Ella continuaba negándose. Por lo tanto, me acosté en su cama y empecé a desnudarme. Sabía que su novio conocía mi reputación de mujeriego, ¿y qué pensaría cuando me encontrase desnudo en su cama? La mujer, naturalmente, me suplicó que me marchase. Pero yo me quedé donde estaba, con el cipote en una mano y la otra mano tendida para recibir la coca, y además sonriendo. Efectivamente me dio la droga. Al cabo de algún tiempo, tanta mierda se hizo fastidiosa. Me cansé de que me jodieran sin parar. Cuando estás constantemente bajo la influencia de las drogas, la gente se dedica a aprovecharse de ti. En ningún momento pensé en morir, como he oído decir que a muchas personas les ocurre si esnifan coca en exceso”. (“Miles: La Autobiografía”, Ediciones B)
BRIAN & DENNIS WILSON: SI TE HE VISTO NO ME ACUERDO
“Como yo, Dennis también estaba teniendo problemas con los Beach Boys. Pero compartíamos algo más. Cuando Dennis se presentó en mi casa aquella noche me encontró murmurando a seres imaginarios. Dennis ignoró mi locura. De ordinario, venía en busca de dinero para comprar cocaína, pero esta vez me sorprendió presentándose con un gramo. Vertió la coca sobre la mesa de la cocina, separó con un dado al montón en dos mitades e inhaló su porción. Luego yo hice lo propio con la mía. Antas incluso de que el flash inicial empezara a desvanecerse, Dennis y yo nos miramos el uno al otro con el mismo pensamiento. ¡Más! Se había declarado el incendio. Teníamos que ligar más coca. Dennis sabía donde. Sólo necesitaba dinero. Yo no tenía un centavo. Dennis empezó a rebuscar por toda la casa como lo haría un ladrón.
A veces, entre los cojines de los sofás o en un montón de calzoncillos, aparecía algún cheque de los que mis contables extraviaban continuamente, alguno de hasta 50.000 dólares. Dennis tuvo suerte. En un bolsillo de mi albornoz encontró un cheque por valor de 1.000 dólares. Lo firmé a su nombre y desapareció prometiendo volver con diez gramos. Pasaron varios días antes de que Dennis volviera, y para entonces mis 1 .000 dólares y la coca que compró con ellos habían desaparecido. En lugar de eso vino con su novia de catorce años. Ambos estaban colocados y muy pasados. Yo no me encontraba mucho mejor. Estaba metiéndome un gramo que me había traído uno de mis proveedores habituales. Había bastante para pirarnos. Dennis observó horrorizado como su novia inhalaba la última raya de coca, que naturalmente él pensaba meterse. Se le fue la olla. Llamándole perra, le golpeó en la cabeza. “¡Maldita puta encocada!”, gritó, “debería matarte”. Le arreó de nuevo, con tanta fuerza que la envió a la otra punta de la habitación. No había acabado de caer al suelo y Dennis ya estaba sobre ella propinándole puñetazos en la cara”. (“Wouldn´t it Be Nice”, Harper Collins)
BRIAN WILSON: CUATRO MOGRAMS DE UNA TACADA
“Dennis sólo se añadió a mi demencia, no la creó. Una vez descubrí un fajo de billetes en uno de mis bolsillos e inmediatamente me hice traer cuatro gramos de coca. Por la noche, mientras Carolyn miraba la televisión con sus primas, me escabullí hacía la cocina y esnifé los cuatro gramos tan deprisa como pude. Era un experimento. Quería ver que pasaba cuando te metes tanta coca de golpe. Si un gramo me hacía sentir bien, razoné, cuatro sin duda me harían sentir cojonudamente bien. Mi cerebro despegó como un cohete. El corazón me latía al triple de la velocidad normal, bombeando sangre a unas arterias a punto de estallar. Mis hombros se pusieron rígidos como tablas, la mandíbula se me petrificó. Era tal la presión que soportaba mi cabeza que sentí la necesidad de cogérmela con las manos y apretar para que no se escapara. Pensé que mi cráneo iba a agrietarse por algún lado. Respiraba con dificultad. Estaba aterrorizado. Algo iba mal. Muy mal. De pronto todo se volvió negro. Caí al suelo de la cocina sin tiempo de pedir ayuda. A la mañana siguiente me desperté allí donde había caído. Desde el suelo, vi como Carolyn daba el desayuno a sus niños. Me enderecé para sentarme y Carolyn me pidió que llamara a los contables para pedir más dinero (“Wouldn´t It Be Nice”, Harper Collins)
IKE TURNER I: QUERIDA, ME HE ESNIFADO A LOS NIÑOS
“La primera vez que recuerdo haberla visto (a Ike) meterse cocaína fue en San Francisco. Estaba esnifando con un billete de cien dólares; parece que aquello era lo clásico, no lo sé, el caso es que pensé: ¿por qué lo harán con dinero? Creo que ya llevaba algún tiempo con la coca, primero en secreto, pero luego se volvió muy atrevido. Luego andaba siempre con las papelinas por todas partes, después eran cajitas... y al cabo de poco tiempo ¡levaba en el bolsillo cajas como paquetes de tabaco. Yo nunca probé la cocaína. Nunca he sido capaz de meterme nada por la nariz. Pero Ike no tenía ese problema. La cocaína le ponía... bueno, siempre fue bastante violento, pero con la coca era todavía peor. Todo fue muy rápido: la locura, las peleas, la impaciencia ante cualquier problema. Llegó a un punto en que daba miedo decirle nada, porque nunca se sabía como iba a reaccionar. Y si ya me parecía malo antes, la coca le estaba convirtiendo en un ser perverso” (Tina Turner en “Yo, Tina”, Ediciones B)
IKE TURNER II: PIRADO PERO RUMBOSO
“(En los estudios de grabación de Ike) se movía una cantidad de dinero increíble. Todas las noches les pagaban al contado, y por aquel entonces cobraban unos veinte mil dólares por noche. Así que se iban por ejemplo dos semanas y volvían con doscientos mil dólares en billetes. Creo que fue por aquel entonces cuando las fiestas empezaron a ser algo serio. Recuerdo que después de una actuación en Miami había un montón de camellos que querían ver a Ike. Todas llevaban una bandeja con unos veinticinco gramos de coca, y todos decían: “¡Prueba la mía!, ¡Prueba la mía!”. Ike me dijo: “Toma, prueba un poco”, sacó un tubo y lo metió en la bandeja. Yo esnifé como dos gramos de cocaína por cada fosa nasal, y de pronto me volví loco. Recuerdo que pensé: “¿Qué coño está pasando?”. No sé como podían vivir así. Pero Ike nunca vendía droga. La regalaba, pero no vendía ni un céntimo. Y no quería oír ni una palabra sobre el tema. El la compraba para consumo propio, no para venderla. Y tenía una coca increíble” (Bill James en “Yo, Tina”, Ediciones B)
IKE TURNER III: LA INVENCION DEL SONIDO COCAFONICO
“Por aquel entonces, dos de los niños también empezaron a meterse en la droga. No era de extrañar. Ike se puso una vez una linterna en la nariz para enseñarme como se la había destrozado la cocaína. El tabique nasal había desaparecido por completo. Era capaz de quedarse cuatro o cinco días en al estudio, sólo a base de drogas. Y no había quien hablara con él. Se quedaba en el estudio, mirando fijamente al frente, y si tú entrabas fingía que no te veía. Aquello llegó a tal punto, con tanta coca en el estudio, que los buenos músicos dejaron de ir allí. Porque para empezar, había tanta droga que se había metido en la mesa de control y estropeaba el sonido. Ike tenía un buen equipo, y lo había jodido con café y cocaína” (Ann Cain en “Yo, Tina”, Ediciones B)
LITTLE RICHARD: LLAMALE LITTLE FARLOPARD
“Me gastaba miles de dólares en colocarme. Me había deteriorado y perdido peso. Lo único que me concernía era ponerme. Conducía por todo Los Angeles en busca de cocaína. Deberían haberme llamado Little Cocaine. ¡Me metía tanta! Mi nariz se ensanchó tanto que podías aparcar un camión Diesel dentro, descargarlo y salir conduciendo de allí. Cada vez que me sonaba el pañuelo que- daba lleno de sangre y carne. La coca me había devorada las membranas. Un hábito como el mío costaba mucho dinero. Fumaba marihuana y polvo de ángel y mezclaba heroína con coca. Me estaba costando unos mil dólares al día, y siempre había problemas con los camellos. Larry Williams, un tipo al que yo había iniciado en la música, se presentó en mi casa con una pistola, dispuesto a matarme. Le había pillado algo de cocaína con la promesa da pagarle más adelante, pero me coloqué tanto que me colgué. Larry y yo éramos buenos amigos. Yo le llevé a la fama. Éramos muy buenos amigos, pero al tío vino a por mí. Probablemente fue el momento que más miedo he pasado en mi vida. Eso es lo que las drogas te hacen. Me dijo: “Richard, voy a matarte. Nadie juega con mi pasta”. Sé que hubiera disparado si no llego a pagarle. Me volví muy desagradable. La cocaína me puso paranoico. Me hacía pensar en el diablo, me hacía sentir pena de mi mismo. Cuando me ponía no podía dormir, no podía cansarme lo bastante para poder dormir. Me aburría tanto por las noches que empecé a beber también. Había muchos guardaespaldas en casa cuidando de mí. Me traían cocaína y yo me la metía sin parar”. (“The Life And Times Ot Little Richard”, Harmony Books)
LOS SONIDOS DE LA CONFUSION
COCAINE (RUNNING AROUND MY BRAIN)
“Estoy perdiendo contacto con la realidad y casi sin aliento / Es una raya tan guapa, me jode verla desaparecer / Cocaína, dando vueltas por todo mi coco”. Una reliquia folk compuesta en los años 30 por el Reverendo Gary Davis. Jackson Browne y el jamaicano Dillinger la adaptaron a gustos contemporáneos.
COCAINE
“La cocaína no miente”, decía el estribillo. Apología del asunto ambigua pero descarada, el himno al farlopismo más coreado de todos los tiempos. J.J. Cale la escribió y Clapton sacó tajada. “Si tu chispa se ha acabado / Y quieres viajar en coca / No olvides el hecho / De que no hay marcha atrás”.
WHITE LINE FEVER
No hay manera de descifrar lo que aúlla Kilmister en este himno al speed compatible con la coca, pero es fácil de imaginar.
WHITE LINES
Los peligros de la adicción farlópata denunciados por la factoría de Sylvia Robinson en las voces de Grandmaster Flash y Melle Mel.
CASEY JONES
Grateful Dead cantan a un maquinista ferroviario enfarlopado que estampa el tren al salir de una curva. “Mira bien aunque no veas nada”.
COCAINE DECISIONS
¿Hay algo peor que un ejecutivo discográfico? Según Frank Zappa si, un ejecutivo discográfico pasado de rayas.
RUSH RUSH
“Date prisa, date prisa, consígueme yeyo”. Debby Harry y Giorgio Moroder patentando el narcodisco en la b.s.o. de “El Precio Del Poder”.
I WANT TO TAKE YOU HIGHER
Hay muchas más referencias, si bien crípticas, a la coca en el elepé “Fresh”, pero este es el farlotema por antonomasia de Sly & The Family Stone.
RON´S GOT THE COCAINE
Ron tiene la farla y el muy cabrón no se lo dice a nadie. Un mal rollo localizable en el primer elepé de Supersuckers.
“El efecto (de la cocaína) consiste en optimismo y una duradera euforia, que no se diferencia de la normal en una persona sana. Se nota un aumento de autocontrol, y también que uno tiene gran vigor y es capaz de trabajar. El mejor empleo se consigue administrando dosis pequeñas pero eficaces, repetidas lo bastante a menudo como para que los efectos se superpongan. La cocaína es un estimulante mucho más vigoroso y menos dañino que el alcohol (Sigmund Freud, 1884)
“No podemos permitir que el poder potencial de las drogas quede en manos de unos pocos “expertos” del gobierno. Debemos vigilar que el conocimiento fundamental acerca de las drogas esté a disposición del pueblo. Una ojeada a la historia nos debería mostrar que es necesario obrar así. Yo recomendaría, por motivos de seguridad pública, que las drogas se vendan libremente. Por el momento, estamos fomentando la ignorancia, legislando para que se perpetúe la delincuencia y preparando el camino para una de las más repugnantes usurpaciones de poder de todos los tiempos”(Alexander Trocchi, 1960)
“Olía el fuerte nauseabundo dulzor de la cocaína. Me estremecí cuando me pinchó. Vi como el líquido sanguinolento entraba en mí. Fue como si una tonelada de nitroglicerina estallara en mi interior. Mi corazón se volvió loco. Podía notarlo trepándome por la garganta. Parecía como si un millón de pollas se metieran por los poros de mi piel de la cabeza a los pies, descargando al mismo tiempo un orgasmo de histeria colectiva” (Iceberg Slim, 1967)
Texto: Jaime Gonzalo.
Todos los farlópodos coinciden en una cosa, lo peor de la perica es que se acaba, con el fastidioso agravante, por ende, de hacerlo demasiado pronto. ¡A cuántos episodios patéticos de busca y captura habrá precipitado la consternadora visión de una papelina súbitamente vacía!, ¡qué desesperada vileza no habremos estado dispuestos a cometer con tal de procurarnos más polvos, aunque su aspecto y sabor sean sospechosamente idénticos a los del yeso molido! Por muy servido que vayas, toda oposición es inútil. Tampoco vale dárselas de estrecho y repetirse aquello tan iluso de “esta noche ni un tirito, una copa y a casa”. Ante la sola mención de la palabra fatal, !coca!, los ladridos de los Chuchos de Pavlov empiezan a propagarse por nuestros neurotransmisores con acaparadoras resonancias. El mensaje es prístino: el mundo es una roca y hay que esnifársela. Como el marino atraído por el canto de las hijas de Aquelao y Calíope, no tardas ni esto en acudir al dulce reclamo de la perdición. Después, ya se sabe lo que ocurre. Una vez se calienta el narigo no hay quien lo detenga. Nunca tiene suficiente. No sabe decir basta. El único limite lo pone el cansancio físico, el hastío psíquico o la finiquitación de las existencias, que suele ser el motivo más común por el que uno deja de meterse hasta nueva orden.
Nada que objetar a esa condición de plantígrado hormiguero a la que todos, en un momento u otro, nos vemos arrastrados más a menudo de lo que nos gustaría aceptar. Cada uno es muy libre de excederse y dar cuartel a sus demonios interiores como mejor le plazca. Pero, efectivamente, Blancanieves es una golfa muy golosa, tanto que a la que te descuidas te licantropiza en un aspirador compulsivo, un ser poseído que en verdad puede reclamar la patente sobre el pensamiento único: meterse otro tiro lo antes posible. No descubro nada a quienes, con recato o sin él, llevan tiempo administrándose esta droga de manera más o menos regular. Requiere una gran voluntad darse por saciado, ¡de qué si no se la consideraría un vicio! La coca engancha, cierto, pero no más que la hipoteca inmobiliaria, el fútbol, el tintorro, las grasas saturadas, los fármacos autorizados, las tragaperras o la sociedad de consumo. ¿Qué mata? Todo en exceso lo hace, incluso los alimentos con conservantes cancerígenos y la contaminación ambiental. La vida en general mata, y no por ello la prohíben. Son sólo oscuros intereses del capitalismo –imaginemos el poder económico y de decisión política que obtendrían ciertos países latinoamericanos de legalizarse la cocaína, o la de productos farmacéuticos que caerían en desuso- lo que discrimina a esta sustancia con respecto a otras afines, susceptibles de ser consumidas en la legalidad previa liquidación de gravámenes fiscales al Estado.
Con la coca, igual que ocurre con todas las drogas, el verdadero problema -aparte de entenderla como necesidad y no como complemento- es la desinformación O información tendenciosa que tanto conviene a la doble moral de la sociedad materialista, desarraigada de la naturaleza y sus fuerzas, programada en la credulidad para obedecer sin cuestionar. Existiendo lo que llaman “libertades civiles”, sería de recibo explicar no ya los riesgos que implica el consumo de una droga, que por otro lado lleva conviviendo con la humanidad desde antiguo, sino la manera de consumirla correctamente y, de ese modo, relativizar sus peligros. En vísperas del pasado verano, el Sistema -al que, recordemos, no le inquieta nuestra salud sino nuestra productividad y los gastos que podamos acarrear a la Sanidad Pública- daba aviso sobre lo que es una realidad desde hace ya lustros, Politoxicómana por naturaleza, la juventud española cada vez se decanta más hacia la nieve. Menudo descubrimiento. Lleva, la farla, casi dos décadas ostentando el título de droga más solicitada del país. Antaño privilegio de iniciados, pudientes y hampones, a partir de los 80 pasó a ser frecuentada por las masas en su más amplia extensión: desde el lumpen hasta la alta burguesía y el abisal espectro de la clase media y aledaños. Lo cual nos aboca a una realidad miserable, el auténtico drama. Siendo la demanda descomunal, la oferta lo aprovecha.
Encontrar hoy día cocaína con un 50% de pureza es un milagro mariano. Lo habitual, si uno no dispone de contactos y pasta gansa, es dar con porquerías, quién sabe hasta qué grado dañinas, donde a lo sumo se diluye un 5% de alcaloide. La amenaza de la coca en realidad no existe, desde el momento en que la propia sustancia dejó de ser tal en un pasado muy, muy lejano. El adulterado placebo que actualmente circula por el mercado negro, la denominada coca comercial, es un compendio de anfetaminosas sustancias no identificadas disfrazado con laxantes y procaína, lidocaína, benzocaína u otros anestésicos sintéticos. Por lo tanto, insistamos, lo que debe preocupar es precisamente la despreocupación y des-educación con que la ciudadanía se raya. Ante la promesa de una gratificación instantánea, pocos se plantean la turbia procedencia de aquello que con tanto ahínco inhalan, fuman o se inyectan. En consecuencia, la calidad desciende, el organismo se resiente y los precios se disparan astronómicos.
Naturalmente sigue habiendo farla de ley, pero llegar a ella es cada vez más prolijo y costoso. Claro que el esfuerzo lo vale si se tiene el morro fino o se aprecia en algo las neuronas. Abres la papela y una penetrante fragancia emana capciosa desde el cristalino montículo de ala de mosca. Escamas puras, o en su defecto rocas macizas de grasienta consistencia diciendo “pruébame y verás”. Una sola raya te pone a tono, (sólo objetivamente) no son necesarias más. Sin taquicardias ni sofocones, de una manera limpia, natural. De exponerse a lo desconocido, puede el usuario darse por afortunado si sólo le produce jaqueca, sopor o indiferencia. Pese a la desvirtuación de su composición, o por ello mismo, la aceptación social de la Dama Blanca es cada vez mayor. Para muchos es un sinónimo de estatus que todavía marca diferencias, un estimulante de viernes-y- sábado cuyos eufóricos efectos proporcionan el poder de lo ilusorio. La inmediatez de esos efectos, el clandestino ritual de rayarse, la ficticia sensación de bienestar y de encontrarse por encima de todo (aunque en realidad se esté por debajo de nada), son aspectos más que suficientes para explicar su vigencia en un sistema que alimenta y propugna los estímulos pasajeros, la insatisfacción personal y el vacío mental. Todo esto y muchas más cosas es la perica, dependiendo siempre de cada individuo.
La mayoría de consumidores que conozco son usuarios de fin de semana, aunque también los hay que se meten una raya cada día antes de ir a trabajar o varias mientras trabajan. A unos les gusta compartir porque necesitan exteriorizar la ebriedad y hacerse colega del mundo entero, otros prefieren quemarla a solas porque se les cruzan los cables y pueden acabar partiéndose la cara con el mundo entero. Los hay que siempre convidan y los hay que siempre gorrean. Están los que dicen que pasan y se ponen hasta el culo cuando es otro el que afora y los que se autoengañan porque no saben reconocer que se les está yendo de las manos. Los que se la meten porque se sienten infelices y los que se la meten porque les gusta. Los que al día siguiente despiertan con un repugnante sentimiento de culpa, jurando no reincidir nunca más para quebrantar la promesa al cabo de nada, y los que al día siguiente vuelven a ponerse tan ricamente nada más saltar de la piltra, o sencillamente ni siquiera llegan a meterse en el sobre porque no hay dios que cierre los ojos y han empalmado. Quien se pone paranoico y quien se pone pelmazo. Quien compra “amigos” con ella y quien se rebaja a sicofante por ella. Los que ni se les nota y los que derrapan por la mandíbula. El que acaba pillándose fumando pasta base y el que sabe que a la postre menos es más.
Hay pues tantas razones para desearla como para repudiarla. De todos los detractores que tiene la cocaína, sin embargo, el que menos razón lleva es aquel que la desprecia por considerarla una droga frívola, intelectualmente estéril y poco “glamurosa”, en concreto en comparación al caballo. No pongo en duda que la coca le contagie a uno de una charlatana estulticia disfrazada de autocontrol liberado, puede que incluso le embrutezca y siembre su cerebro de fuegos artificiales que anulan cualquier voluntad de crear más allá de lo inconexo, reduciéndole al estúpido escalafón de infraser. Pero, por favor, que no venga ningún listo diciendo que la heroína, precisamente, es una droga creativa. Las personas son creativas o no lo son, las drogas sólo son recreativas. Estas últimas, son productivas o destructivas únicamente en función de lo que quien las usa quiere o decide que sean. En el caso de la farlopa, está claro que se trata de una droga lúdica con aplicaciones limitadas: no sirve absolutamente para nada que no sea ponerse. La coca es monotemática. Su gratificación consiste únicamente en activar el deseo de más y reducir el momento a una dentellada de ansiedad que te roe por dentro. Si eso es o no pernicioso dependerá también del sentido común de cada uno, de su noción de la realidad y capacidad para asimilar que en esta vida todo tiene un precio. El destino final del viaje cocaínico pasado de dosis no es siempre agradable, es más, suele desembocar en el asco. Son esos momentos de derrota y soledad idóneos para pensar en aquellos versos de Baudelaire: “Junto a mi sin cesar se agita el Demonio; como aire impalpable a mi alrededor va nadando; me lo trago y así mis pulmones quema y los llena de deseo eterno y culpable. Así me conduce, jadeante y muerto de cansancio a las llanuras hondas y desiertas del Hastío”. Claro que el del arrepentimiento, tal que el del propósito de reformarse con que concluye toda reflexión de bajada, es un estado efímero como la existencia misma. ¿O no?
MAS BARATA QUE EL AZUCAR
Se intentó contar con la colaboración de Antonio Escohotado para enriquecer este trabajo con su docta sapiencia, pero el hombre nos dio tres poderosas razones para negarse: está harto de hablar de drogas, tiene problemas personales que resolver y un día de estos se va a vivir a Tailandia. Siendo la suya una de las más objetivas aproximaciones científicas al tema de la droga, resulta concluyente una lectura atenta, siempre didáctica, de títulos de su bibliografía tan populares como “Historia General de las Drogas” (Alianza) y “Aprendiendo De Las Drogas” (Anagrama). De este último ha sido tomado el siguiente extracto:
“El principio psicoactivo de la coca fue descubierto en 1859. Poco después médicos y laboratorios recomiendan ya la cocaína como “buen alimento para los nervios”. No se había conocido nunca una campaña promocional como la orquestada por diversos fabricantes en todo el mundo; uno de los lemas comerciales decía: “no pierda tiempo, sea feliz; si se siente pesimista, abatido, solicite cocaína”. Diversos escritos de Freud contribuyeron decisivamente a la popularidad del fármaco. Hacia 1890, cuando se descubre la posibilidad de inhalar la droga en polvo (previamente se empleaba por vía subcutánea, intramuscular, intravenosa y oral), los usuarios pertenecían a todos los sectores sociales. Era corriente en reuniones de alta sociedad, en el mundo artístico y entre la clase media. Su empleo como anestésico local había revolucionado la cirugía menor no menos que la odontología. En 1901 se calcula que el 30% de los cocainómanos inveterados en Estados Unidos son dentistas. Sin embargo, lo que escandalizaba allí eran consumidores bohemios y lumpenproletarios de diversa índole, así como la entusiasta acogida prestada al producto por parte de los negros. Las medidas represivas, que empiezan a ser eficaces hacia los años 30 de este siglo, tendrán al principio una sorprendente aceptación. Sin embargo, empezaban entonces a inundar el mercado las anfetaminas, estimulantes más baratos y mucho más potentes. En cuanto empiece a restringirse la circulación de anfetaminas -hacia mediados de los años 60- estallará otra vez la popularidad de la cocaína.
“La teoría más común para explicar sus efectos supone que no libera reservas de ciertos neurotransmisores, como sucede con las anfetaminas, sino que impide su reabsorción una vez liberados. Parece activar ante todo el sistema simpático, al que se atribuye el mantenimiento del organismo en estado de alerta para hacer frente a cambios externos: activa también el hipotálamo, centro al que se atribuyen la regulación del sueño, la temperatura del cuerpo y las reacciones de cólera y miedo. Por vía nasal, la dosis activa mínima suele cifrarse entre los 1.2 y 1.5 gramos para alguien de unos 70 kilos. Eso significa que el margen de seguridad es alto: 1 a 50. Como resulta prácticamente imposible hoy obtener cocaína pura en el mercado negro, semejantes datos sólo tienen un interés teórico.
“A pesar de los riesgos objetivos, mientras el producto estuvo disponible en formas puras o casi puras no hubo apenas episodios mortales. En 1920, por ejemplo, sólo se produjo un caso de sobredosis fatal en Estados Unidos, aunque estuviera ya prohibida. Salvo error, no se ha descubierto todavía un modo barato de producir cocaína sintética. Es por eso más cara que otros estimulantes. Sin embargo, el precio de elaboración sigue siendo ridículo comparado con los del mercado negro. En 1925 el gramo de clorhidrato puro se vendía en las farmacias españolas al precio de 4 pesetas, mientras el kilo de azúcar valía 2. Hoy resulta prácticamente imposible de encontrar; formas no refinadas, y mucho más tóxicas, del alcaloide se venden a cinco mil veces ese precio.
“(Cuando pasa a inhalarse) la costumbre social será hacer dos líneas por persona, como actualmente, mientras va adquiriendo connotaciones de droga selecta y a la moda, para triunfadores o aspirantes a dicho estatuto. La absorción nasal es levemente inferior a la subcutánea e intramuscular, y puede irritar el cartílago sin cierta profilaxis. Los efectos son básicamente los antes expuestos, con una expansión del tono psicofísico que puede hacernos comunicativos y hasta audaces, aunque desde el autocontrol. Sucesivas administraciones no alterarán estas coordenadas, mientras el sistema nervioso evite verse abrumado por una excitación excesiva; semejante cosa la delatan síntomas como calor y sudoración súbita, gran sequedad de boca, sensaciones de agarrotamiento muscular, rechinar involuntario de dientes, verborrea, fuga de ideas e irritabilidad difusa”.
DE RESACA CON LA “FÉE BLANCHE”
Nunca será peor que las provocadas por anfeta y orujo, pero tampoco es ninguna ganga una resaca de farla. No se encuentra descripción más precisa de ese decadente estado que la apuntada por Stanislaw Ignacy Witkiewicz en “Narcóticos” (Circe). Escrito en 1930, dicho ensayo es una irónica, aguda relación de las experiencias del autor con diferentes estupefacientes a fin de potenciar la creatividad. Dramaturgo, novelista, artista plástico, teórico del arte, filósofo y fotógrafo, Witkiewicz es uno de los puntales más malditos de la intelectualidad polaca de entreguerras. Mito del artista hecho carne, se suicidó en 1939 coincidiendo con la entrada de las tropas soviéticas en Varsovia. Su literatura es un eminente despliegue de impertinencia crítica y ferocidad analítica, un erudito manotazo de desprecio y disgusto hacia la sociedad de su época y especialmente los círculos artísticos e intelectuales. Su rememoración de los distintos pasos del descenso a los infiernos post-cocaínicos -en el siguiente extracto del citado libro sobre los narcóticos, sus usos y abusos puede parecemos tremendista, pero cabe suponer que en aquellos tiempos la calidad del producto -todavía legal, aunque por poco tiempo- sería superior, seguramente casi pura. Por otro lado, Witkiewicz tampoco especifica que cantidad es necesario ingerir para acabar en tan lamentables condiciones.
“Al parecer, una de las peores porquerías entre los llamados “delirios blancos”, los narcóticos de “rango superior”, es la cocaína. No pienso describir aquí los agradables efectos de este veneno, puesto que, por desgracia, el lector podrá encontrar la descripción de los mismos en mi novela “Adiós Al Otoño”... Así pues, debo añadir una vez más que las primeras impresiones suscitadas por la cocaína son ilusorias y, en segundo lugar, que no cumplen las promesas que llevan a cabo. Es posible, como algunos afirman, que el consumo prolongado de la misma proporcione algo diferente. Sin embargo, no deseo a nadie la experiencia de dicho proceder, atendiendo a los efectos del cocainismo inveterado que he podido observar en más de uno de mis conocidos. Tomarla a modo de experimento puede ser llevado a cabo por una persona, excepcionalmente resistente a la adicción (entre las cuales, contra la opinión general, debo contarme a mi mismo) y, además, una persona a quien dicho experimento pueda reportar algo en otras dimensiones como, por ejemplo, las artísticas. Sin embargo, considero una gran frivolidad la prueba por simple diversión de este peligroso medio, así como, por el contrario, tengo por unos dementes a aquellos que lo consideran no apto y hasta diría que “indigno” de dicha prueba. Desgraciadamente, el hombre cocainizado (como, por otra parte, cualquier persona que padezca alguna adicción: recordemos esos repugnantes “atentados” contra uno mismo de “una copita más”) tiene la tendencia a elevar a todo quisque al nivel de su propio paradis artificiel. Y eso es capaz de llevarlo a cabo alguien que, ante esa misma idea en estado sobrio, se estremecería de indignación. Sucede así porque: uno, ciertos momentos del aturdimiento suscitado por la cocaína son realmente muy agradables y es posible desear procurar a alguien ese dudoso beneficio; y dos, la cocaína paraliza todos los medios autorrepresivos, forzando a menudo a llevar a cabo acciones de las que suelen ser denominadas indecentes.
“La peligrosidad de la cocaína reside no tanto en los placeres que proporciona como en la reacción desmesuradamente desagradable que sigue a su consumo. La cocaína posee la capacidad de dar lugar a una depresión tan real que de modo alguno resulta posible explicarse su procedencia y de esa manera neutralizarla. Durante la “resaca” etílica, esto resulta hasta cierto punto posible. Es posible distinguir los sinsabores reales, entonces considerablemente potenciados, empezando por el mismo fondo de desesperación y de general pesimismo, consecuencia de los efectos secundarios del abuso del narcótico. Con la cocaína no se alcanza este grado de distinción: uno se halla sumido en el meollo de la repugnancia del mundo y de la existencia en general. Las contrariedades más insignificantes crecen hasta alcanzar dimensiones de insalvables moles de fracasos, la sombra del presente, tan repugnante y deformado, se desploma sobre todo el pasado, haciendo del mismo una serie de terribles equívocos y sufrimientos sin sentido; por su parte, la idea del futuro bajo esa luz se convierte en una tortura in-to-le-ra-ble. La desvalorización de las cosas que hasta entonces han constituido el único objetivo en la vida, la repugnancia por las ocupaciones más nobles, la gangrena de las propias raíces del ser humano, he aquí el complejo habitual de las sensaciones que constituyen la “resaca” cocaínica. Dicho estado de cosas suele imponerse con una fuerza tan terrible que resulta imposible explicárselo como algo pasajero; se trata de una verdadera concepción del mundo con una estructura hasta tal punto lógica, la consecuencia de un ataque de todas y cada una de las esferas de la psique, que la lucha contra la misma se antoja algo sobrehumano y lógicamente insensato. O comerse la tierra o administrarse una nueva dosis de veneno: he aquí las dos únicas salidas. Es posible eludirlas mediante dosis colosales de bromuro, y despertar en un estado soportable, un estado de gris cotidianidad, algo como el sentido de ánimo experimentado en la sala de espera de algún ministerio. La “resaca” posterior a la cocaína excluye hasta dicha espera.
“Debo constatar que bajo el efecto de la cocaína en pequeñas dosis, y ello siempre en combinación con dosis de alcohol relativamente grandes, logré realizar ciertas cosas que en estado normal no hubiera sido capaz de llevar a cabo. Pero en cuanto al intelecto, la cocaína resulta un engaño aún mayor que el alcohol. No sólo no crea cosas nuevas, sino que tampoco produce valiosas conjunciones de elementos al fin y al cabo ya conocidos. Al aniquilar toda suerte de control. Sin proporcionar estados y concepciones metafísicas realmente nuevos, constriñe al anonadado sujeto a admirar como un insólito milagro la realidad más estúpida y vulgar. La cocaína destruye todos nuestros criterios. Solamente escuchamos a lo lejos, presas de una rabia impotente, las infernales risotadas de la “bruja blanca” que se mofa de nosotros y nos atrae hacia ulteriores orgías en su infernal compañía”.
SUPERMOSCA: REFLEXIONES DE UN DEALER
Siempre infamada por obvias razones, la figura del camello se desquitó al alcanzar rango heroico en la película “Superfly”, blaxploitation de culto (ver RUTA 68) cuyo protagonista, Priest, es un dealer de farlopa inusualmente descontento de su ventajosa posición. Su reflexión es esta: “Traficar es todo lo que el Hombre (blanco) nos ha dejado (a los negros)”. En consecuencia, quiere cambiar de vida. Los todopoderosos blancos que controlan el negocio le hacen saber que no aceptan dimisiones, a no ser por óbito, de modo que Priest se las ingeniará para pegarle el palo a la Mafia y hacerse con los beneficios de un importante pase de supermosca, la mejor perica de Harlem. Además de una formidable banda sonora de Curtis Mayfield, “Superfly” dio lugar a una adaptación literaria en formato pulp, donde Mr. Supermosca expresaba su particular filosofía dromedaria en los siguientes términos:
“Trapichear. En aso consistía todo. Poner tus manos en una coca supermosca, la mejor, rocas grandes como tu glande. Cortarla en dos o quizás en dos y medio... molerla muy fina. Destrosa, Lactosa y esa excelente cocaína... prima cocaína, como canta Mich Jagger. La nieve. El polvo feliz. El caramelo nasal. ¡Te pone a tope, te mantiene en marcha! De modo que, ¿y qué si te pudre el coco, te quema las membranas nasales y te agujerea al cerebro? Arriba, bien alto y ligero. “I wanna take you high...er!”. El viejo Sly si que sabe.
“Trapichear coca. Cortarla, embolsarla y repartirla. Los lugartenientes acuden al escondite. Un tranquilo apartamento en Bed-Stuy. Los negros van y vienen a cada minuto en Bed-Stuy. ¿quién reparará en otros tres? Vienen los mejores hombres, aquellos con contactos gordos. Cogen las bolsas más grandes, los “cuartos”, las “medias piezas”, las “piezas”. Todo lo que hay sobre la mesa es removido a golpe de cuchara. Ahora, fíjate. El lugarteniente lo cortará de nuevo antes de que salga a las calles. Lo cortará en un tercio, o, si se mueve a pequeña escala, puede que en un cuarto.
“Del dealer al lugarteniente y al camello. El camello es tu hombre en la calle; él siempre sabe quién quiere pillar para su uso personal. El camello es quien te empolva la nariz. Un poco cada vez, una bolsita por diez pavos. Quizás también mueva yerba, pastillas, para subir y para bajar. Qualude a lo mejor. El camello va allí donde se encuentra la fiesta, donde la gente quiere esnifar. Meterse un poco de coca. Las cosas funcionan mejor con coca.
“El camello la lleva al backstage de un concierto de rock, y delgados y melenudos chavales de camisas floreadas y pantalones acampanados, los dedos tamborileando nerviosos en los mástiles de sus guitarras, se meterán una raya. La música funciona mejor con coca.
“Esa joven y agradable pareja del West Village, que la monta cada noche y se trae amigos para que observen. El camello es bien recibido en su apartamento, porque el sexo funciona mejor con coca.
“El 14 de febrero le hice un regalo de San Valentín a mi chica, una cucharilla de coca envuelta en papel de plata con una nota donde le decía que siempre tendría un hueco en mi aparcamiento cuando necesitara un poco de coca y simpatía. Gracias, Stones.
“El camello va a los mejores sitios. Easthampton en verano, donde todos esnifan, los heteros y los gays y sus amigas artistas ricas y zorras. Pero no saben una mierda. Se colocarían esnifando azúcar si fuera eso lo que les vendías.
“Coca en Harlem, coca en Queens, coca en Bed-Stuy y en Park Avenue. Cole Porter no lo pasa bien con la cocaína, debe ser el único, querido. Todo el mundo se pone meloso cuando llega el camello. Puede haber sido cortada y puede engancharte, pero ¡mieeerda! ¿Quién quiere vivir para llegar a viejo cuando puedes vivir para ponerte ciego?
“De modo que, ahí viene, desde Sudamérica, de los Andes del Perú, Ecuador y Bolivia, donde los nativos mastican hoja de coca porque cuesta respirar y la energía disminuye por encima del nivel del mar. La refinan y la envían camuflada. Llega pasando por México y Florida. Algunos incluso la llevan en camiones hasta Canadá y la venden allí. Llega a onzas, libras y kilos. Para cuando toca la calle ha sido cortada y rebajada a saco. Pero la gente de la calle se coloca con ella. Y hace rico al camello. Y al distribuidor. Y al manufacturador de bolsitas de plástico. Y al Hombre, el corrupto, el Hombre que se esconde en su oficina, pretendiendo estar del lado de la ley, cuando en realidad está al lado del mismísimo Diablo. El Hombre se hace muy, muy rico. Y todo por un pequeño subidón, un pequeño subidón de polvo feliz. Colócate”.
¿QUE HAREMOS AL SALIR DEL CINE?
EL PRECIO DEL PODER
Pasen y vean al señor del cartel cubano en Miami, Tony Montana / Al Pacino, ascender y caer por una montaña de yeyo. Un Everest entero se mete, al final de la película, en la estufada más salvaje jamás filmada.
BOOGIE NIGHTS
Las aventuras de John Holmes en Pornofornia incluyen su inmersión en el abismo blanco. Rayotes de una longitud y grosor similares a los de su célebre miembro y secuencias de esperando-a-mi hombre desesperadamente verosímiles.
THE BOOST
Como “Días de Vino y Rosas” pero con farla en lugar de Baturrico. Un yuppie, James Woods, empieza esnifando para olvidar un mal negocio y acaba enganchado de lleno, perdiéndolo todo, incluso el control de su vida.
BAD LIEUTENANT
La corrupción empieza por uno mismo, en este caso un madero neoyorquino con serios problemas de conciencia, Harvey Kaitel, que se raya hasta para llevar a los niños al colegio. Decadencia absoluta.
UNO DE LOS NUESTROS
Ray Liotta no hace ni caso a la máxima sagrada –“nunca tomes de aquello con lo que traficas” y se pone hecho un basilisco. El tramo final del filme es una cardíaca, enloquecedora carrera contra el reloj de la paranoia. Se nota que Scorsese había estado pillado.
ARENAS BLANCAS
El productivo negocio del camello visto desde dentro. Susan Sarandon maneja las riendas de la empresa y Willem DaFoe es un chico de los recados que, al cumplir los cuarenta, se replantea su vida laboral.
HURLY GURLY
Sean Penn es un agente de casting que trabaja en Hollywood y discute sobre las mujeres, la amistad y el sentido de la vida mientras se pone perdido de farlopa y maría. Extenuante interpretación.
CARLITO´S WAY
Sean Penn es el abogado judío de Al Pacino y se mete aún más coca que en “Hurly Gurly”. Acaba tan desquiciado que se arriesga a jugársela a la Mafia pringando a su cliente y amigo. Hasta reventar.
ENTROPIAS EN EL LODAZAL DEL OLIMPO
Uno de los mitos más extendidos por la rumorología es el tabique nasal de platino del amigo Frank Sinatra. El enviciado mundo del pop está plagado de chismorreos acerca de la coca y lo malitas que pone a esas maleables criaturas llamadas, “estrellas”. La verdad, como siempre, emerge mucho más espantosa –la autodestrucción artística de Sly Stone, Marvin Gaye tiroteado por su padre-, especialmente cuando son los propios protagonistas quienes rememoran los espantos de la adicción.
MILES DAVIS: COMO EXTORSIONAR A UN CAMELLO
“Cuando no disponía da coca mi carácter se agriaba mucho y cualquier cosa acababa con mis nervios. No podía evitarlo. En aquella situación no escuchaba música ni leía nada. Si aspiraba coca acababa fatigándome y quería dormir, y para dormir tomaba píldoras. Pero incluso tomándolas no podía conciliar el sueño, y hacia las cuatro de la madrugada salía a vagar por las calles como un hombre-lobo. Paraba en cualquier local de horario tardío, esnifaba más coca. Entonces me marchaba, volvía a casa con una puta, esnifaba otro poco, tomaba una píldora para dormir. Todo se reducía a deambular a la deriva. Éramos cuatro personas, porque siendo géminis yo ya soy dos. Dos personas sin la coca y dos más con la coca. Uno de mis proveedores de coca era una mujer blanca. Un día yo no llevaba dinero y le dije que en otro momento se lo daría. Siempre 1e había pagado, y te aseguro que le compraba coca a montones, pero me respondió: “Si no hay dinero no hay cocaína”. Traté de persuadirle, pero no cedió. En esto llamó al portero por el interfono y le anunció que su novio subía a verla. Ella continuaba negándose. Por lo tanto, me acosté en su cama y empecé a desnudarme. Sabía que su novio conocía mi reputación de mujeriego, ¿y qué pensaría cuando me encontrase desnudo en su cama? La mujer, naturalmente, me suplicó que me marchase. Pero yo me quedé donde estaba, con el cipote en una mano y la otra mano tendida para recibir la coca, y además sonriendo. Efectivamente me dio la droga. Al cabo de algún tiempo, tanta mierda se hizo fastidiosa. Me cansé de que me jodieran sin parar. Cuando estás constantemente bajo la influencia de las drogas, la gente se dedica a aprovecharse de ti. En ningún momento pensé en morir, como he oído decir que a muchas personas les ocurre si esnifan coca en exceso”. (“Miles: La Autobiografía”, Ediciones B)
BRIAN & DENNIS WILSON: SI TE HE VISTO NO ME ACUERDO
“Como yo, Dennis también estaba teniendo problemas con los Beach Boys. Pero compartíamos algo más. Cuando Dennis se presentó en mi casa aquella noche me encontró murmurando a seres imaginarios. Dennis ignoró mi locura. De ordinario, venía en busca de dinero para comprar cocaína, pero esta vez me sorprendió presentándose con un gramo. Vertió la coca sobre la mesa de la cocina, separó con un dado al montón en dos mitades e inhaló su porción. Luego yo hice lo propio con la mía. Antas incluso de que el flash inicial empezara a desvanecerse, Dennis y yo nos miramos el uno al otro con el mismo pensamiento. ¡Más! Se había declarado el incendio. Teníamos que ligar más coca. Dennis sabía donde. Sólo necesitaba dinero. Yo no tenía un centavo. Dennis empezó a rebuscar por toda la casa como lo haría un ladrón.
A veces, entre los cojines de los sofás o en un montón de calzoncillos, aparecía algún cheque de los que mis contables extraviaban continuamente, alguno de hasta 50.000 dólares. Dennis tuvo suerte. En un bolsillo de mi albornoz encontró un cheque por valor de 1.000 dólares. Lo firmé a su nombre y desapareció prometiendo volver con diez gramos. Pasaron varios días antes de que Dennis volviera, y para entonces mis 1 .000 dólares y la coca que compró con ellos habían desaparecido. En lugar de eso vino con su novia de catorce años. Ambos estaban colocados y muy pasados. Yo no me encontraba mucho mejor. Estaba metiéndome un gramo que me había traído uno de mis proveedores habituales. Había bastante para pirarnos. Dennis observó horrorizado como su novia inhalaba la última raya de coca, que naturalmente él pensaba meterse. Se le fue la olla. Llamándole perra, le golpeó en la cabeza. “¡Maldita puta encocada!”, gritó, “debería matarte”. Le arreó de nuevo, con tanta fuerza que la envió a la otra punta de la habitación. No había acabado de caer al suelo y Dennis ya estaba sobre ella propinándole puñetazos en la cara”. (“Wouldn´t it Be Nice”, Harper Collins)
BRIAN WILSON: CUATRO MOGRAMS DE UNA TACADA
“Dennis sólo se añadió a mi demencia, no la creó. Una vez descubrí un fajo de billetes en uno de mis bolsillos e inmediatamente me hice traer cuatro gramos de coca. Por la noche, mientras Carolyn miraba la televisión con sus primas, me escabullí hacía la cocina y esnifé los cuatro gramos tan deprisa como pude. Era un experimento. Quería ver que pasaba cuando te metes tanta coca de golpe. Si un gramo me hacía sentir bien, razoné, cuatro sin duda me harían sentir cojonudamente bien. Mi cerebro despegó como un cohete. El corazón me latía al triple de la velocidad normal, bombeando sangre a unas arterias a punto de estallar. Mis hombros se pusieron rígidos como tablas, la mandíbula se me petrificó. Era tal la presión que soportaba mi cabeza que sentí la necesidad de cogérmela con las manos y apretar para que no se escapara. Pensé que mi cráneo iba a agrietarse por algún lado. Respiraba con dificultad. Estaba aterrorizado. Algo iba mal. Muy mal. De pronto todo se volvió negro. Caí al suelo de la cocina sin tiempo de pedir ayuda. A la mañana siguiente me desperté allí donde había caído. Desde el suelo, vi como Carolyn daba el desayuno a sus niños. Me enderecé para sentarme y Carolyn me pidió que llamara a los contables para pedir más dinero (“Wouldn´t It Be Nice”, Harper Collins)
IKE TURNER I: QUERIDA, ME HE ESNIFADO A LOS NIÑOS
“La primera vez que recuerdo haberla visto (a Ike) meterse cocaína fue en San Francisco. Estaba esnifando con un billete de cien dólares; parece que aquello era lo clásico, no lo sé, el caso es que pensé: ¿por qué lo harán con dinero? Creo que ya llevaba algún tiempo con la coca, primero en secreto, pero luego se volvió muy atrevido. Luego andaba siempre con las papelinas por todas partes, después eran cajitas... y al cabo de poco tiempo ¡levaba en el bolsillo cajas como paquetes de tabaco. Yo nunca probé la cocaína. Nunca he sido capaz de meterme nada por la nariz. Pero Ike no tenía ese problema. La cocaína le ponía... bueno, siempre fue bastante violento, pero con la coca era todavía peor. Todo fue muy rápido: la locura, las peleas, la impaciencia ante cualquier problema. Llegó a un punto en que daba miedo decirle nada, porque nunca se sabía como iba a reaccionar. Y si ya me parecía malo antes, la coca le estaba convirtiendo en un ser perverso” (Tina Turner en “Yo, Tina”, Ediciones B)
IKE TURNER II: PIRADO PERO RUMBOSO
“(En los estudios de grabación de Ike) se movía una cantidad de dinero increíble. Todas las noches les pagaban al contado, y por aquel entonces cobraban unos veinte mil dólares por noche. Así que se iban por ejemplo dos semanas y volvían con doscientos mil dólares en billetes. Creo que fue por aquel entonces cuando las fiestas empezaron a ser algo serio. Recuerdo que después de una actuación en Miami había un montón de camellos que querían ver a Ike. Todas llevaban una bandeja con unos veinticinco gramos de coca, y todos decían: “¡Prueba la mía!, ¡Prueba la mía!”. Ike me dijo: “Toma, prueba un poco”, sacó un tubo y lo metió en la bandeja. Yo esnifé como dos gramos de cocaína por cada fosa nasal, y de pronto me volví loco. Recuerdo que pensé: “¿Qué coño está pasando?”. No sé como podían vivir así. Pero Ike nunca vendía droga. La regalaba, pero no vendía ni un céntimo. Y no quería oír ni una palabra sobre el tema. El la compraba para consumo propio, no para venderla. Y tenía una coca increíble” (Bill James en “Yo, Tina”, Ediciones B)
IKE TURNER III: LA INVENCION DEL SONIDO COCAFONICO
“Por aquel entonces, dos de los niños también empezaron a meterse en la droga. No era de extrañar. Ike se puso una vez una linterna en la nariz para enseñarme como se la había destrozado la cocaína. El tabique nasal había desaparecido por completo. Era capaz de quedarse cuatro o cinco días en al estudio, sólo a base de drogas. Y no había quien hablara con él. Se quedaba en el estudio, mirando fijamente al frente, y si tú entrabas fingía que no te veía. Aquello llegó a tal punto, con tanta coca en el estudio, que los buenos músicos dejaron de ir allí. Porque para empezar, había tanta droga que se había metido en la mesa de control y estropeaba el sonido. Ike tenía un buen equipo, y lo había jodido con café y cocaína” (Ann Cain en “Yo, Tina”, Ediciones B)
LITTLE RICHARD: LLAMALE LITTLE FARLOPARD
“Me gastaba miles de dólares en colocarme. Me había deteriorado y perdido peso. Lo único que me concernía era ponerme. Conducía por todo Los Angeles en busca de cocaína. Deberían haberme llamado Little Cocaine. ¡Me metía tanta! Mi nariz se ensanchó tanto que podías aparcar un camión Diesel dentro, descargarlo y salir conduciendo de allí. Cada vez que me sonaba el pañuelo que- daba lleno de sangre y carne. La coca me había devorada las membranas. Un hábito como el mío costaba mucho dinero. Fumaba marihuana y polvo de ángel y mezclaba heroína con coca. Me estaba costando unos mil dólares al día, y siempre había problemas con los camellos. Larry Williams, un tipo al que yo había iniciado en la música, se presentó en mi casa con una pistola, dispuesto a matarme. Le había pillado algo de cocaína con la promesa da pagarle más adelante, pero me coloqué tanto que me colgué. Larry y yo éramos buenos amigos. Yo le llevé a la fama. Éramos muy buenos amigos, pero al tío vino a por mí. Probablemente fue el momento que más miedo he pasado en mi vida. Eso es lo que las drogas te hacen. Me dijo: “Richard, voy a matarte. Nadie juega con mi pasta”. Sé que hubiera disparado si no llego a pagarle. Me volví muy desagradable. La cocaína me puso paranoico. Me hacía pensar en el diablo, me hacía sentir pena de mi mismo. Cuando me ponía no podía dormir, no podía cansarme lo bastante para poder dormir. Me aburría tanto por las noches que empecé a beber también. Había muchos guardaespaldas en casa cuidando de mí. Me traían cocaína y yo me la metía sin parar”. (“The Life And Times Ot Little Richard”, Harmony Books)
LOS SONIDOS DE LA CONFUSION
COCAINE (RUNNING AROUND MY BRAIN)
“Estoy perdiendo contacto con la realidad y casi sin aliento / Es una raya tan guapa, me jode verla desaparecer / Cocaína, dando vueltas por todo mi coco”. Una reliquia folk compuesta en los años 30 por el Reverendo Gary Davis. Jackson Browne y el jamaicano Dillinger la adaptaron a gustos contemporáneos.
COCAINE
“La cocaína no miente”, decía el estribillo. Apología del asunto ambigua pero descarada, el himno al farlopismo más coreado de todos los tiempos. J.J. Cale la escribió y Clapton sacó tajada. “Si tu chispa se ha acabado / Y quieres viajar en coca / No olvides el hecho / De que no hay marcha atrás”.
WHITE LINE FEVER
No hay manera de descifrar lo que aúlla Kilmister en este himno al speed compatible con la coca, pero es fácil de imaginar.
WHITE LINES
Los peligros de la adicción farlópata denunciados por la factoría de Sylvia Robinson en las voces de Grandmaster Flash y Melle Mel.
CASEY JONES
Grateful Dead cantan a un maquinista ferroviario enfarlopado que estampa el tren al salir de una curva. “Mira bien aunque no veas nada”.
COCAINE DECISIONS
¿Hay algo peor que un ejecutivo discográfico? Según Frank Zappa si, un ejecutivo discográfico pasado de rayas.
RUSH RUSH
“Date prisa, date prisa, consígueme yeyo”. Debby Harry y Giorgio Moroder patentando el narcodisco en la b.s.o. de “El Precio Del Poder”.
I WANT TO TAKE YOU HIGHER
Hay muchas más referencias, si bien crípticas, a la coca en el elepé “Fresh”, pero este es el farlotema por antonomasia de Sly & The Family Stone.
RON´S GOT THE COCAINE
Ron tiene la farla y el muy cabrón no se lo dice a nadie. Un mal rollo localizable en el primer elepé de Supersuckers.
“El efecto (de la cocaína) consiste en optimismo y una duradera euforia, que no se diferencia de la normal en una persona sana. Se nota un aumento de autocontrol, y también que uno tiene gran vigor y es capaz de trabajar. El mejor empleo se consigue administrando dosis pequeñas pero eficaces, repetidas lo bastante a menudo como para que los efectos se superpongan. La cocaína es un estimulante mucho más vigoroso y menos dañino que el alcohol (Sigmund Freud, 1884)
“No podemos permitir que el poder potencial de las drogas quede en manos de unos pocos “expertos” del gobierno. Debemos vigilar que el conocimiento fundamental acerca de las drogas esté a disposición del pueblo. Una ojeada a la historia nos debería mostrar que es necesario obrar así. Yo recomendaría, por motivos de seguridad pública, que las drogas se vendan libremente. Por el momento, estamos fomentando la ignorancia, legislando para que se perpetúe la delincuencia y preparando el camino para una de las más repugnantes usurpaciones de poder de todos los tiempos”(Alexander Trocchi, 1960)
“Olía el fuerte nauseabundo dulzor de la cocaína. Me estremecí cuando me pinchó. Vi como el líquido sanguinolento entraba en mí. Fue como si una tonelada de nitroglicerina estallara en mi interior. Mi corazón se volvió loco. Podía notarlo trepándome por la garganta. Parecía como si un millón de pollas se metieran por los poros de mi piel de la cabeza a los pies, descargando al mismo tiempo un orgasmo de histeria colectiva” (Iceberg Slim, 1967)